Ayer por la mañana, al presidente argentino Mauricio Macri le tocaba recibir en la Casa Rosada a un grupo de chicas estudiantes de Secundaria. Les pidió el voto para las elecciones de octubre, pero, más que de simpatía, el gesto pareció de desesperación. Al menos, algunas de ellas tendrán entonces edad de votar. Fue peor lo que pasó en junio, cuando también les pidió el voto a unos niños de preescolar en Rosario, a los que, para desconcierto de los presentes, empezó a hablar de su gestión económica, de las mafias, del narco e incluso de «la patota del transporte», un complejo asunto de corrupción sindical. Son señales de que Macri ha perdido el sentido de la realidad. No entiende que su tiempo se ha acabado y que ha fracasado, echando por tierra la mejor oportunidad que ha tenido nadie de enderezar el desastre argentino y de librar a este gran país de la cadena perpetua revisable del peronismo.

¿En qué se equivocó Macri? En creer que bastaba derrotar a los peronistas en las urnas. Se olvidó de que, además, había que transformar el país. Para empezar, se comportó de manera demagógica al levantar el «cepo cambiario», que secuestraba los ahorros de los argentinos para que los mantuviesen en el país. Desde luego, era algo que había que hacer, pero antes era preciso estabilizar el déficit público, lo que nunca habían intentado los peronistas. Al precipitarse, Macri provocó una caída brusca del peso y un incremento aún mayor de la inflación. Entonces, para financiar el déficit, hizo promesas a los mercados que no podía cumplir sin tomar medidas drásticas que no quiso tomar. Y cuando esto se hizo evidente, recurrió al Fondo Monetario Internacional (FMI), unas siglas que traen tan malos recuerdos a los que invierten en Argentina que no hizo más que agravar las cosas. En otras palabras, Macri perdió el tiempo, aplicando soluciones poco imaginativas a los graves problemas económicos del país, sin atreverse a hacer las reformas profundas que necesita el sistema, siempre temeroso de irritar a los votantes, pero despreocupado de ampliar su base electoral.

Ahora cabe esperar que los peronistas, en su vuelta al poder, repitan su receta de siempre: impago de las deudas, más déficit para alimentar su sistema clientelar, y vuelta al odioso «cepo cambiario» cuando la inflación vuelva a morder con furia y la gente quiera poner a salvo sus ahorros.

No es extraño que la bolsa de Buenos Aires haya caído en picado al conocerse que vuelve Cristina Fernández de Kirchner. Suele decirse que el dinero es cobarde, pero necesitaría el heroísmo de un José de San Martín para quedarse en una economía dirigida por ella. Porque la campaña de Cristina comienza ya con un engaño: la pretensión de que ella va a ser una simple vicepresidenta en el Gobierno de otro.

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Macri se equivocó