La policía teme que el país acabe convirtiéndose en un narcoestado
09 abr 2018 . Actualizado a las 08:13 h.Al holandés Nabil Amzieb lo asesinaron en marzo del 2016. El joven de 23 años iba a testificar contra un conocido criminal del submundo del narcotráfico, Beaouf A. Su cabeza apareció en la entrada del bar Fayrouz de Ámsterdam. El cuerpo fue hallado en el interior de un vehículo calcinado a las afueras de la ciudad. «No es algo propio de Holanda. Me recuerda a la Edad Media», aseguraba conmovido Stan Koeman al diario Het Parool.
No fue el único vecino estremecido por el suceso. La venganza perpetrada contra Amzieb puso a los holandeses frente al espejo. La policía tuvo que admitir el fracaso de la «política de tolerancia» con las drogas. La ausencia del Estado durante los últimos 30 años dio cancha libre a las mafias de la droga para convertir Holanda en su centro de operaciones y sus calles en el escenario de sangrientos ajustes de cuentas.
Desde el 2014 hasta 30 personas fueron asesinadas por enfrentamientos entre bandas rivales. La última hace dos semanas. A Reduan Bakali, hermano de un testigo de la policía, lo mataron tras organizar una falsa entrevista de trabajo. El poder de los criminales en Holanda alcanza cotas nunca vistas. El pasado mes de octubre uno de los líderes del narco en Ámsterdam, Benaouf A., casi consigue huir de la cárcel de Limburgo tras una operación de rescate en helicóptero organizada por su clan.
La policía libra una lucha sin cuartel contra redes antillanas, marroquíes y colombianas que siembran el terror en el país. Lo hacen «sin recursos y sin personal», denunciaron recientemente en un informe.
Nueva generación
No hay medios para evitar que siga floreciendo esta nueva generación de criminales, más crueles y peligrosos. «Solo una de cada nueve bandas pueden ser enfrentadas con los recursos que tenemos», alertan. La situación está fuera de control. El puerto de Róterdam se ha convertido en la puerta de entrada para la mitad de la cocaína y heroína que distribuyen en Europa. La corrupción en sus aduanas, la agilidad del transporte, la buena comunicación con los países vecinos y la laxitud de las penas (máximo 12 años de cárcel por tráfico y multas de hasta 45.000 euros) hacen de Holanda un paraíso para el crimen organizado. «El país cumple con muchas características de un narcoestado», aseguran sus autoridades policiales, preocupadas por el repunte de los asesinatos por encargo. En los años 80 esas actividades las realizaban profesionales a sueldo venidos de otros países. Lo hacían por 50.000 euros. Hoy se encargan de ello jóvenes holandeses por apenas 3.000. La economía sumergida que mueve el narcotráfico en Holanda se mide en criptomonedas. El negocio prospera a la sombra mientras el Gobierno entona el mea culpa con la boca pequeña. Admite que el problema se invisibilizó por décadas y que ahora ha echado raíces profundas muy difíciles de erradicar. Algunos de los traficantes que empezaron desde abajo «hoy son grandes empresarios e inversores respetados con buenos contactos en la política», denuncia uno de los 400 detectives consultados por la policía.
Pero Róterdam compite con un fuerte rival al otro lado de su frontera con Bélgica: Amberes. Dentro de sus gigantescas y extensas instalaciones portuarias las bandas criminales extienden sus tentáculos. En el 2012 estalló allí la guerra de la droga. La desaparición de 200 kilos de cocaína precipitó en Ámsterdam y otras ciudades como Utrecht una cascada de tiroteos y ataques atroces contra familiares y amigos de las bandas enfrentadas. Se acusaron unos a otros del robo. La guerra aún no ha terminado. El alcalde de Amberes, Bart de Wever, culpa a sus vecinos del contagio. «Los problemas de drogas se han trasladado de Róterdam a Amberes en los últimos años debido a la política de tolerancia holandesa», aseguró recientemente. En la ciudad flamenca se han efectuado miles de arrestos y se han logrado clausurar docenas de narcopisos. Ahora los esfuerzos están concentrados en cortar los flujos de dinero que mueve el crimen organizado. «Los traficantes están ganando influencia en esta ciudad», admite.