Es casi un pensamiento automático. Si oímos que se ha producido un atropello con múltiples víctimas en el centro de una ciudad occidental, inmediatamente pensamos que ha tenido lugar un atentado yihadista. Y es que la práctica de irrumpir con una furgoneta o, en el peor de los casos, con un vehículo pesado en una calle concurrida para provocar la muerte del mayor número de personas posible se ha convertido casi en el modus operandi típico de los llamados lobos solitarios yihadistas. Pero no siempre es así o, al menos eso, parece a la vista de lo sucedido ayer en Munster, una ciudad al noroeste de Alemania con una población de 300.000 habitantes, que hace surgir en nosotros una variedad de interrogantes más allá del hecho en sí.
Y es que cuando a las tres y media de la tarde del sábado, una furgoneta se lanzó por una calle peatonal y arrolló a todas las personas que, en ese momento, disfrutaban del sol en la terraza del Kiepenkerl bar, un local muy popular, en un primer momento se pensó que se trataba de un atentado yihadista pero, las investigaciones iniciales rápidamente indicaron que el asesino era un individuo alemán con un considerable historial de desórdenes psicológicos e intentos de suicidio. Aunque no se ha descartado por completo que fuera un atentado, ya que algunos testigos dijeron que de la furgoneta salieron corriendo otras dos personas y dentro de la misma había un paquete con cables, lo cierto es que los indicios llevan a pensar que solo se trató del acto de un desequilibrado que tras matar a tres personas y herir a otras veinte se suicidó pegándose un tiro.
Jamás sabremos qué incitó al suicida a cometer semejante acto asesino pero, lo que sí podemos y debemos plantearnos todos es lo tenue y difícil que resulta distinguir los márgenes entre la necesidad de protegernos de una amenaza real que ya nos ha golpeado duramente y el miedo irracional. También debemos cuestionarnos la forma en la que la información sobre los atentados yihadistas pueden derivar en una paranoia que incita a los desequilibrados a imitarlos y a los ciudadanos a ver terroristas en cualquier acto criminal.