Brasil vive su carnaval más politizado

Las reivindicaciones sociales se infiltran en la gran fiesta del país

Miembros del bloco Cordao da Bola Preta, la comparsa más antigua de Río de Janeiro
Miembros del bloco Cordao da Bola Preta, la comparsa más antigua de Río de Janeiro

Brasilia

Marcelo Crivella tuvo su epifanía evangélica a los 20 años, tras unas misiones por África. A la vuelta, decidió enrolarse en la iglesia Universal, fundada por su tío. La nueva fe al margen del dogma católico le abrió camino en una prolífica y provechosa carrera como músico góspel. Su conservadurismo le hace poco amigo de la expresión de cualquier sexualidad en público y aún menos abierto a las tradiciones negras, por lo que (ajeno por completo al sentido de período de liberación que supone) Crivella tenía todos los condicionantes para aborrecer el carnaval. Su postura solo tiene un problema: es el alcalde de Río de Janeiro, la ciudad con el carnaval más famoso, mestizo y explícito del mundo.

La decisión de Crivella de cortar subvenciones para las escuelas de samba cariocas y su desprecio abierto a la tradición de dar las llaves de la ciudad al dios Momo (representado en una familia negra, la de Candonga, un vecino que se responsabilizó de la reliquia que siempre desaparecía desde hace 50 años) es solo el último episodio de la escalada conservadora que vive Brasil en vísperas de las elecciones de octubre y tras el juicio político que apartó a Dilma Rousseff de la presidencia. El carnaval de las grandes ciudades (una fiesta que paraliza todo el país) lucha por florecer ante los tics autoritarios de sus alcaldes, al mismo tiempo que la justicia tuvo que impedir que los cada vez más frecuentes brotes nostálgicos de la dictadura militar desfilasen junto al resto de blocos carnavalescos.

Al mismo tiempo que Crivella cortó fondos de escuelas, comparsas y asociaciones negras, y en su administración hacía encuestas para saber la confesión religiosa de sus funcionarios, la Justicia de São Paulo impedía que un grupo llamado Porão do Dops desfilase por la capital financiera del país. Los integrantes de dicho bloco, cuyo nombre remite a un sótano famoso por las torturas durante la dictadura, pretendían desfilar enalteciendo la figura del coronel Ustra, «el mayor torturador de Brasil», como llegó a decir la expresidenta Rousseff. La Justicia frenó un espectáculo que hubiera incendiado el emergente carnaval de São Paulo, que en los últimos años ha crecido de manera exponencial y ya supera en participantes al de Río. Por más que su alcalde, el también conservador João Doria, haya impuesto un toque de queda y fronteras en ciertos barrios solo para residentes. Un columnista local bautizó la fiesta como carnaval de excepção.

La oleada de conservadurismo en Brasil, que tiene su reflejo en el crecimiento en las encuestas del ultraderechista, homófobo y nostálgico de la dictadura Jair Bolsonaro, se infiltra de esta manera en las estructuras del carnaval del país, que (fuera de estos episodios) goza de una salud de hierro. Al margen de Río de Janeiro y São Paulo, otras grandes capitales como Belo Horizonte y Brasilia están viendo cómo sus fiestas ganan cada vez más adeptos. Los carnavales del nordeste, en Recife, Olinda y Salvador de Bahía, aúnan masificación con el espíritu más puro de la fiesta tradicional.

La crítica política y la desinhibición sexual siguen estando presentes en los motivos de los desfiles y en las canciones de los blocos, a pesar del creciente escrutinio. Y, al mismo tiempo, grupos feministas piden frenar la explotación sexual de la imagen de la mujer en el carnaval, y negros e indios exigen que dejen de su usar su imagen como disfraz. Brasil vive el carnaval más politizado.

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