«La desinformación alimenta el odio»

Considera que Grecia está abocada a vivir otra crisis y otra amenaza de «grexit»


Redacción / La Voz

Sus crónicas desde Idomeni, el centro de acogida de Moria o la valla húngara en Röszke encogían el corazón. Leticia Álvarez dio voz a los que huían de la guerra y se encontraron con el rechazo de Europa. Historias con nombre propio. Como la de la abuela Emilia, que daba el biberón a los bebés que llegaban a Lesbos; la de Samia, esclava sexual del Estado Islámico, que pudo reunirse con parte de su familia exiliada en Alemania; la de traficantes sin escrúpulos como Aba Alaa o los primeros voluntarios, como el turista alemán Jünger. Finales felices mezclados con muchos sueños rotos en los peores meses de la crisis migratoria. En Mi nombre es Refugiado, Leticia e Irene L. Savio, una periodista italoargentina que un tren soviético unió cubriendo la crisis ucraniana, recopilan sus vivencias y crónicas publicadas en La Voz.

-¿Qué os llevó a publicar el libro?

-Irene y yo hemos recorrido los mismos sitios y hemos acumulado tantas convivencias y tanta información que creíamos que era una buena idea contar lo ocurrido en voz de los protagonistas: los refugiados.

-¿Las historias terribles de las que fuiste testigo cambiaron tu forma de hacer la información?

-No. Pero me marcaron mucho. Tantos sentimientos y tantas situaciones dramáticas te afectan psicológicamente si llevas mucho tiempo. Como no quería dejar de ser periodista y convertirme en una activista, tenía que parar y descansar.

-¿Sigues manteniendo contacto con los refugiados?

-Sí, con muchos de ellos. Nedal Loubani, un sirio de 20 años que fue nuestro traductor en Idomeni, vive ahora en Suiza. Se enamoró de una cooperante de 18, la pidió en matrimonio y se casaron. También con Nour y Aisha, que residen en Alemania o con los chicos de Raqa que están en Noruega. Sigo en contacto con los centros, los refugiados y las oenegés.

-¿Ha cambiado la situación?

-No, no ha mejorado nada. Los refugiados que tienen dinero están saliendo de los campos. Muchos encuentran el amor en Grecia, lo que les ayuda a dejar el país. Como un sirio que se enamoró de una española y vive en Barcelona. Es la gente que tiene suerte; la que no, sigue atrapada.

-¿Esperas algún cambio de actitud de los líderes de la UE?

-No. Con elecciones en Alemania y en Francia, están centrados en otra cosa. No van a dar un giro radical y optar por una política más permisiva, más humana.

-¿Seguirá aplicándose el acuerdo entre la UE y Turquía?

-A corto plazo va a seguir, en medio de amenazas de Ankara. Turquía va a seguir chantajeando a Europa, con un «o aceptas mis condiciones o abro las puertas». Bruselas siempre cederá. Pero a largo plazo no le veo futuro, algo tiene que cambiar.

-¿Por qué crees que aumenta el odio al migrante?

-Creo que hay mucha desinformación. No hay nada peor que el miedo a lo desconocido. La mayoría de los refugiados son personas muy formadas y, a largo plazo, Alemania se va a beneficiar de ello. Pero no con las imágenes que llegan. Las noticias falsas, como las violaciones masivas de Colonia, apelan a los instintos básicos y provocan incertidumbre. La desinformación alimenta el odio. Culturalmente tenemos diferencias, pero los refugiados se ríen, lloran, se enfadan y bromean como nosotros. No son figuras saltando una valla, son personas.

-Muchos alertan de la filtración de yihadistas entre los refugiados e inmigrantes.

-Pueden infiltrarse terroristas, pero eso es responsabilidad de Europa, que no ha sabido gestionar la crisis, que no ha puesto los controles pertinentes. Los terroristas llegan en avión, no en patera. Que se radicalicen puede pasar, pero la UE tenía que haber actuado antes, y gestionar todo desde Turquía. Sabía lo que estaba pasando y no hizo nada.

-Te defines como una griega de corazón. ¿Cómo ves a Grecia?

-Se parecen mucho a los españoles. Son muy pasionales. Crecí profesionalmente allí y siempre acabo volviendo. Grecia es Grecia, siempre va a vivir con sus contradicciones, sus elecciones anticipadas, sus protestas. No ha mejorado ni la situación política ni la de los ciudadanos. Tsipras ha hecho pequeños cambios para bien, pero no puede hacer mucho más ante lo que le exige Alemania. Dentro de dos años afrontará otra crisis similar a la del grexit y Tsipras terminará dejando el Gobierno. Y los griegos sobrevivirán como lo llevan haciendo los últimos seis años.

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