El adiós a Peres se convierte en un alegato para avanzar hacia la paz

Abás y Netanyahu se estrechan la mano, seis años después de su última reunión


Amán / Corresponsal

«Gracias por venir», le dijo el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, al presidente palestino, Mahmud Abás, y se estrecharon la mano. Fue la imagen del día en el sepelio que ayer despidió al último padre fundador de Israel, Simón Peres. Considerado un hombre de paz y reconocido con el Nobel, aún con todas las contradicciones biográficas como instigar los asentamientos judíos en Cisjordania, el homenaje atrajo a amigos y adversarios, líderes mundiales y delegaciones de 70 países bajo una gran carpa blanca en el monte de Herzl de Jerusalén. Y de paz fue de lo que más se habló, sobre todo de la que nunca consiguió alcanzar.

«Su presencia nos muestra que la paz es una tarea inacabada». Barack Obama, encargado de clausurar la ceremonia, se refería a Abás, sentado en primera fila, y cuya presencia fue omitida por el resto de líderes israelíes en sus intervenciones. Abás no pisaba Israel desde el 2010, cuando mantuvo una reunión en la residencia de Netanyahu. «Hace mucho tiempo que no nos vemos», le expresó al primer ministro, mientras este le agradecía su presencia: «Es algo que aprecio mucho en nombre de nuestro pueblo». Aunque enviaron delegaciones, los grandes ausentes fueron los jefes de Estado de Egipto, Abdelfatah al Sisi, y el de Jordania, Abdalá II, los únicos dos países árabes que han firmado la paz con Israel. Tampoco asistieron los diputados árabeisraelíes de la Kneset.

Los restos de Peres fueron escoltados por la Guardia Militar de Honor desde el Parlamento hasta el monte Herzl, donde los mandatarios fueron ocupando su sitio. El protocolo israelí reservó un lugar privilegiado en primera fila al rey Felipe VI, tocado con una kipá, y sentado entre el presidente de Israel, Reuven Rivlin, y la esposa de Netanyahu. 

Clinton, emocionado

El expresidente Bill Clinton tomó la palabra visiblemente emocionado como amigo personal de Peres. Netanyahu estaba sentado junto a Obama, con quien mantiene unas tensas relaciones, y así el acto se convirtió en escenario de las querencias diplomáticas entre los líderes con más o menos afecto se iban encontrando. El ministro de Exteriores británico, Boris Johnson, se mantuvo distante de Tony Blair y David Cameron, que se sentaron juntos. François Hollande, prestó poca atención a su predecesor Nicolas Sarkozy, sentado una fila más atrás. «Tenemos aquí una pequeña reunión de la ONU», dijo Obama. «Puede ser que tengamos discusiones muy importantes entre líderes mundiales, ojalá que sirva para que haya conversaciones que sirvan a la paz». Barack Obama aprovechó su visita a Jerusalén, la última que hará en calidad de presidente, para instar a las partes a retomar el camino de la paz. Y no obvió las críticas. «El pueblo judío no nació para gobernar a otro pueblo». Ante las críticas dentro de su propio partido, Al Fatah, por asistir, Mahmud Abás se justificó con el argumento de que se trataba de dar «un mensaje palestino de paz al mundo».

En el escenario, proliferaron los elogios a un convencido sionista que apostaba por la creación de dos Estados. «Un soñador demasiado optimista», recalcó Clinton. «Por supuesto sabemos que Simón nunca vio concretado su sueño de paz», recordó Obama. Con la llegada del mediodía, el féretro fue enterrado junto a Isaac Rabin, asesinado por un judío extremista en 1995, con quien compartía junto a Yaser Arafat el premio Nobel de la Paz por impulsar los acuerdos de Oslo. Su hijo Yoni arrancó una sonrisa de la multitud cuando contó que su padre le pidió: «Para mi elogio fúnebre empieza diciendo: era muy joven para morir», sabedor de que para la paz necesitaba más tiempo. 

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