Venezuela, sin salida

Miguel Murado
Miguel-Anxo Murado EL MUNDO ENTRE LÍNEAS

INTERNACIONAL

Ejercicios del Ejército en un barrio al oeste de Caracas.
Ejercicios del Ejército en un barrio al oeste de Caracas. MIGUEL GUTIERREZ efe

MIGUEL GUTIERREZ | efe

Poco a poco, la crisis venezolana se va acercando al final del callejón, y resulta que es un callejón sin salida. Maduro sigue instalado en el cómodo y peligroso discurso de la resistencia, lo que está a punto de colocarle al margen de la Constitución -de la de Chávez-. Mientras, los partidos de la oposición empiezan a desesperar de la posibilidad de lograr un cambio político por medios legales. Tienen razón, pero vuelven a sentirse tentados por el golpe de Estado. Es una situación que recuerda al 2002, solo que el equilibro de fuerzas es ahora diferente, por lo que también podría serlo el resultado.

En realidad, la secuencia del 2002 fue al revés. Primero la oposición de entonces alentó un golpe que estuvo a punto de triunfar, pero que se derrumbó a las veinticuatro horas. Aún así, Chávez quedó tan debilitado que no tuvo más remedio que acceder a un referendo revocatorio dos años después. Esta del revocatorio era una figura que había introducido él mismo en su Constitución de 1999 para blindarse ante una posible destitución a manos de la Asamblea Nacional. Suponía Chávez que dejando votar al pueblo nunca sería depuesto. Y en aquel caso no se equivocó, aunque el resultado fue menos abultado del que él esperaba -y se le notó en la cara la decepción-. Pero la oposición quedó dividida y desmovilizada, y fue entonces cuando empezó el chavismo en su versión más radical.

Doce años después, las cosas son muy diferentes. Maduro sabe que le sería prácticamente imposible ganar un referendo revocatorio en un país desabastecido y con cortes de luz. Su estrategia es simplemente resistir. ¿Hasta cuándo? Seguramente considera que le basta con aguantar unos seis o siete meses más. La mecánica de los plazos haría entonces irrelevante el resultado, porque Maduro o su vicepresidente tendrían tiempo de completar el mandato. No es probable que tenga siquiera la esperanza de que vuelvan a subir los precios del petróleo y que la situación mejore. El desastre de la economía venezolana no es solo el resultado de la coyuntura internacional sino de una mala gestión basada en la constante huida hacia adelante. Y es difícil imaginar que el pueblo venezolano, chavista o no, se resigne a esta prolongación de la agonía. Pero Maduro no tiene alternativas, porque cualquier alternativa sería una alternativa a sí mismo.

Tampoco la oposición tiene ya muchas más cartas que jugar. Todavía se aferra al referendo revocatorio, que cree que ahora sí ganaría casi con toda seguridad -casi, porque nadie puede garantizarlo-; pero los obstáculos que le está poniendo el Gobierno hacen pensar que podría no celebrarse. Por eso, el viernes, el líder opositor Henrique Capriles hacía una peligrosa invocación al Ejército para que obligue a Maduro a cumplir la constitución e insinuaba que «un levantamiento militar está en el ambiente».

Es cierto que al menos dos generales -Cliver Alcalá y Miguel Rodríguez Torres, los dos chavistas decepcionados- se han pronunciado públicamente por un cambio. Pero ambos están en situación de retiro y nadie sabe con certeza qué piensa el Ejército, si está dividido o unido. O si está unido, en torno a qué. Un golpe es ahora mismo tan probable como un auto-golpe. Si es que este último no ha comenzado ya.