Una derrota en la antesala de las presidenciales


El presidente francés tuvo que rendirse después de cuatro meses de controversia. La reforma constitucional para combatir a los terroristas que prometió tras el 13N terminó en el fondo de la papelera ante la falta de consenso parlamentario para retirar la nacionalidad a los terroristas que toman las armas contra su propio país. Su deseo de unidad nacional para reparar una Francia traumatizada por la sangre derramada en las calles de París ha terminado en un estrepitoso fracaso, dejando por el camino una profunda división en su partido, la dimisión de Taubira y las denuncias de grupos de derechos humanos. La derecha y la izquierda se pasaban ayer la pelota de la culpabilidad del fracaso. «Un naufragio para Hollande, una derrota para la derecha», titulaba el editorial el diario Libération. Los cálculos electorales en la antesala de las presidenciales lastraron la unión que se habían prometido.

Su dura respuesta tras el 13N trajo a Hollande un repunte en su popularidad tras meses en caída libre. Solo fue un espejismo. Ahora está hundido en un lodazal, justo un año antes de que el país decida si sigue siendo el inquilino del Elíseo. Un lodazal que comparte con Nicolas Sarkozy. Los franceses no quieren como presidente ni a uno ni a otro, según un sondeo del Centro de Investigaciones Políticas de Sciences Po. Ni el socialista ni el conservador superarían la primera vuelta de las elecciones presidenciales del 2017. La gran triunfadora sería la ultraderechista Marine Le Pen. La candidatura del ex primer ministro Alain Juppé se erige en el único dique contra la líder del FN. Francia está abocada a revisar la proclamada guerra contra los terroristas.

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