Yihad en la calle de la Ley


La estación de metro de Maelbeek, decorada con bonito azulejo portugués, se encuentra precisamente debajo de la Rue de la Loi (calle de la Ley), una calle que empieza en el Parlamento belga y termina con el edificio de la Comisión Europea. ¿Era ese el objetivo de los terroristas? ¿Golpear un símbolo? Quizás, pero como explicación no nos dice nada. El atentado simultáneo en el aeropuerto de Zaventem, lo mismo que los de noviembre pasado en París, ha sembrado de muerte lugares sin otro simbolismo que el de la normalidad.

Bélgica no es ni siquiera un país que se haya destacado por su intervencionismo militar. Para los fanáticos que ven el mundo en términos de «cruzados» contra «mártires» las diferencias entre países cada vez importan menos. Si el ataque ha sido en Bruselas, puede que sea únicamente porque es una ciudad mal vigilada y porque es un lugar donde el activismo islamista puede camuflarse fácilmente en una nutrida comunidad musulmana.

Antes o después sabremos si los autores de estos ataques han salido ellos mismos de esa comunidad. Si es así, se confirmará una tendencia preocupante: los atentados que sufre Europa están impulsados por una ideología que se quiere global, que busca sus excusas en dramas lejanos (Siria, sobre todo), pero que actúa localmente, en una combinación letal de fanatismo ideológico y resentimiento personal. Es lo que se temía desde hace tiempo pero no terminaba de suceder: una «yihad doméstica», la insurrección de una parte de la comunidad musulmana europea contra una sociedad que es la suya pero que prefieren ver como ajena.

No hace falta insistir en que se trata de una parte insignificante de esa comunidad, pero hay un aspecto que inquieta especialmente a las fuerzas de seguridad, y con razón: el hecho de que, para organizarse, los terroristas parecen estar aprovechando no ya las mezquitas e Internet, sino, sobre todo, las redes de la delincuencia común, de la familia y la amistad. Como ha puesto de manifiesto el apoyo que recibió Salah Abdeslam de vecinos y amigos durante su larga fuga, para la policía estas son redes especialmente difíciles de vigilar e infiltrar.

Desgraciadamente, va a ser muy difícil que la lucha contra este nuevo terrorismo no provoque desgarros en el tejido social.

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