«Solo quiero tener una vida normal»

Cristina Porteiro
cristina porteiro CALAIS / E. LA VOZ

INTERNACIONAL

PHILIPPE HUGUEN | Afp

Los inmigrantes de La Jungla de Calais se enfrentan a la demolición del campo en días

16 feb 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

La humedad y el olor del té con leche impregnan una de las tiendas de campaña convertida en cafetería improvisada en el campamento de refugiados de Calais. Es uno de los pocos rincones acogedores de La Jungla, el enclave convertido en hogar improvisado para 2.000 inmigrantes que esperan una oportunidad de cruzar el Canal de la Mancha y pedir asilo en el Reino Unido

En el interior Tamer sirve vasos calientes a un grupo de visitantes. El frío, el aguanieve, la mugre acumulada en los senderos y la tierra convertida en lodazal a lo largo de los meses, no consiguen carcomer los sueños de este joven sirio de 19 años que explica con calma y detalle cómo huyó de Alepo cuando solo tenía 17. Le aterrorizaba la idea de hacer el servicio militar. Alistarse en las filas de Al Asad suponía asesinar o ser asesinado. Reunió dinero suficiente y escapó hacia el continente europeo en una sola dirección: Londres. «Tan solo quiero que me den la oportunidad de tener una vida normal», asegura antes de aclarar por qué no pide asilo en Francia, un país seguro: «Mi sueño es llegar al Reino Unido, me da igual lo que cueste». 

En Calais hay espacio para la desesperanza, pero también para los grandes planes: «Quiero ser actor. De hecho, estoy terminando el guion de la historia de mi viaje. Quiero tenerlo preparado para cuando cruce», asegura Tamer ilusionado. ¿Cómo le vas a llamar?, preguntamos, y lo tiene claro: «London calling». Tan claro como que quiere regresar algún día a su país. Allí dejó a la familia. No sabe nada de ellos desde hace dos meses. Tampoco está al corriente de las últimas noticias sobre el asedio del régimen.

Su amigo Yousef solo desea atravesar el Eurotúnel. Para él, eso ya sería «una victoria». En Siria se han quedado dos de sus hermanos, Saleh (24) y Abdul (11). Saca sus fotos con timidez. No se ven los rostros sino las heridas que sufren ambos por una enfermedad de la piel: «Necesito ir al Reino Unido porque es donde puedo encontrar trabajo y donde pueden garantizar un buen tratamiento médico para mis hermanos», señala antes de despedirnos. Puede que sea la última vez que nos veamos.

El campamento de Calais tiene los días contados. Los voluntarios que trabajan allí tienen claro que las autoridades francesas desmantelarán La Jungla entre este viernes y el próximo lunes. Mañana reunirán a los niños en la carpa del teatro para explicarles qué puede ocurrir. Al menos 200 de ellos están solos. Los enfrentamientos con la policía serán inevitables. Los refugiados se resisten a ser reubicados en los contenedores anexos al campamento para no tener que dejar sus huellas dactilares.

Pese a tener todo en contra, los refugiados se resisten a que les arrebaten la dignidad y los voluntarios les ayudan. «Estamos supliendo la ausencia del Estado», se queja una de las personas del equipo que organiza el suministro de ropa, calzado y comida. Otras, como Jenny, imparten clases a los niños aprovechando las vacaciones escolares en el Reino Unido. Ella llegó el domingo: «Las condiciones son terribles, pero me sorprende cómo la gente está trabajando en comunidad», reconoce. Los problemas sanitarios son una preocupación de primer orden. Han puesto en marcha una campaña de vacunación. Empieza a extenderse por el campo un brote de rubeola.

Los países de la ruta de los Balcanes abandonan a Grecia a su suerte

Los países de Visegrado (República Checa, Eslovaquia, Polonia y Hungría) ya no esconden su enfado con Grecia por la lentitud y la falta de control en la gestión de sus fronteras, especialmente la terrestre, que comparte con Macedonia. Más de un millón de desplazados las atravesaron el pasado año rumbo al norte del continente, provocando tensión y colapsos en los pasos fronterizos. La indignación de estos países sigue aumentando y sus líderes se reunieron ayer en Praga con los homólogos de Bulgaria y Macedonia para tratar de cerrar un acuerdo que alivie el tránsito irregular de personas por sus territorios.

Las directrices son claras. Las fronteras se cerrarán a cal y canto para los migrantes, multiplicarán la vigilancia y, en caso de estimarlo necesario, elevarán nuevas vallas: «Nuestro objetivo es impedir que los húngaros tengamos que vivir con quienes no queremos», aseguró ayer el primer ministro magiar Viktor Orbán, quien está liderando el frente del este europeo contra la política receptiva de la canciller Angela Merkel. Para ser más efectivos, los países de Visegrado se comprometen a ayudar a Macedonia a lo largo de su vallado de más de 37 kilómetros para contener la llegada de refugiados desde Grecia. 

Las medidas tendrán un coste muy alto para el país heleno. Quedará totalmente aislado, abandonado a su suerte y lidiando en solitario con la llegada diaria de más de 2.000 personas cuando sus centros de identificación de migrantes apenas han echado a andar. Bruselas anunció ayer ayudas a Atenas por 12,7 millones para culminar de forma urgente las 50.000 nuevas plazas de recepción acordadas con los socios europeos en octubre del pasado año. El número debería ayudar a países como Alemania a ganar tiempo y organizar sus centros, desbordados por los solicitantes de asilo.

Merkel cede

La canciller Angela Merkel se vio obligada ayer a suavizar sus propuestas para establecer excepciones en el salario mínimo para los refugiados después de las duras críticas que formularon los socios socialdemócratas de la gran coalición. La decisión puede tensar la cuerda con el ala más conservadora de su propio partido, que ayer recibió la noticia de que la policía había identificado a 73 sospechosos de los ataques de Colonia en Nochevieja. La mayoría no son refugiados sino inmigrantes económicos de origen marroquí y argelino.

«Sinto vergoña de ver que isto aconteza en Europa»

¿Dónde está la Unión Europea? Es la pregunta que se hacían ayer en Calais voluntarios y visitantes como la portavoz del BNG para la UE, Ana Miranda: «Sinto vergoña de ver que isto aconteza en Europa», exclamó frente al muro que separa el campamento del acceso al puerto. Banksy dejó allí su huella en forma de mural. Un Steve Jobs nómada que bien podría haber sido refugiado. La policía nacional gala flanquea la entrada con cuatro coches. La zona marítima está bajo control de las autoridades. Quienes tratan de cruzar el Canal de la Mancha solo tienen dos opciones, hacerlo en barco o escondidos a bordo de camiones. Las mafias que operan en la zona, entre ellas la albanesa, se enriquecen a costa del tráfico de migrantes. Bastantes no consiguen su objetivo porque son detectados por los escáneres de que dispone la policía.