Al Sisi aún le tiene miedo a Tahrir

Las televisiones egipcias silencian los disturbios de Túnez por temor a que se contagien, como pasó hace cinco años


Amán / Corresponsal

No hay rastro en las televisiones egipcias de las manifestaciones de parados que estos días han sacudido de nuevo el espíritu de la revolución en Túnez. Quizá porque los disturbios en el país vecino recuerdan demasiado a lo que pasó en el 2011, cuando la revuelta contagió al resto del mundo árabe, inflamó la plaza Tahrir y derrocó al dictador Hosni Mubarak. Cinco años después, quien gobierna Egipto es Abdel Fatah Al Sisi, el general que llegó al poder por un golpe de Estado en 2013 y que dirige una transición plagada de interrogantes. El espacio que entonces fue el foco mundial de la esperanza árabe ha sido sellado para evitar concentraciones y, aunque el clima de represión disuade la tentación de protestas masivas para este quinto aniversario del 25 de enero, las medidas de seguridad y las campañas de detenciones confirman tanto el miedo de la población como el que siente el presidente.

Con la etiqueta «Yo participé en la revolución de enero», las redes sociales han vibrado esta semana como recuerdo, mientras el Ejecutivo y los medios de comunicación insisten en «deslegitimarlo». Figuras conocidas, como el periodista defensor de la libertad de expresión Jaled al Balshi, o la madre del famoso bloguero encarcelado Alaa Abdelfatah, se han unido a la campaña tras los arrestos domiciliarios practicados en el centro de El Cairo. Entre ellos, el de Taher Mujtar, miembro del comité de libertad del Sindicato de Doctores, a quien se vincula al llamado «movimiento 25 de enero». Un término del que según el defensor de derechos Humanos, Mohamed Lofty, «nadie ha oído hablar antes». Porque no es un grupo organizado, sino la continuación de aquel despertar heterogéneo que se ha vuelto a escuchar en vísperas de su conmemoración.

Los discursos de disuasión comenzaron en diciembre, cuando al Sisi criticó las llamadas a un nuevo levantamiento: «No necesitan unirse a las manifestaciones. Miren a los países cercanos», argüía el rais amparándose en la deriva violenta de las protestas en otros países árabes. No por causalidad, la seguridad se ha convertido en su Leitmotiv para pertrechar de legitimidad el régimen que lidera desde que se hiciera con el poder.

Primero tras el derrocamiento del presidente de los Hermanos Musulmanes, Mohamed Mursi, que generó una ola de violencia y una represión gubernamental hasta que la hermandad fue declarada organización terrorista. La lucha interna se ha intentando vincular con los grupos radicales que operan en el Sinaí y entre los que se ha constituido una filial del Estado Islámico (EI), Wilayat Sina, que ha reivindicado el atentado del jueves en Giza. Pero la persecución de laicos y jóvenes hace que la arenga de la seguridad haga aguas. Hay miles de presos políticos y el Consejo Nacional de Derechos Humanos se ha visto obligado a reconocer un centenar de casos de desaparecidos. La falta de mejoras en la situación económica, con el turismo ahogado por el terror, ha mantenido además el descontento. Todo ello hace que este 25 de enero vuelva a ser recibido como un desafío político.

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