De repente, el centro del mundo se ha desplazado a la ciudad siria de Raqa, una localidad sin muchos más atractivos que su cerámica azul y el lento paso del Eúfrates. Pero el hecho es que Raqa es la capital oficiosa del Estado Islámico, el lugar donde se idearon últimamente tres matanzas: la del Sinaí, la de Beirut, la de París... Ayer se turnaban sobre su cielo iluminado por los bombardeos dos venganzas similares pero de momento separadas cuidadosamente: la de Hollande y la de Putin.
Todo se ha precipitado. Hasta ahora, la lucha contra el Estado Islámico era una especie de campaña a cámara lenta. Estados Unidos se debatía entre dos convicciones, la de que la opinión pública exige hacer algo contra el Estado Islámico y la de que un nuevo pantano militar como Afganistán o Irak sería un error. Los bombardeos fueron la solución de compromiso. A su vez, hubo que rebajar de tono para lograr el difícil encaje de los aliados en la zona. Turquía, Arabia Saudí y los Emiratos no tienen del todo claro si quieren destruir al Estado Islámico ahora, mientras Asad está en el poder. Últimamente, y en vista de los pobres resultados, la Casa Blanca ensayaba una estrategia algo más ambiciosa, la de utilizar a las milicias kurdas como infantería contra el EI.
La masacre de París ha venido a sacudir esta campaña letárgica. Es posible que la retórica de Hollande, cada vez más estridente, no guste demasiado en Washington, donde recuerda seguramente demasiado a la George W. Bush en el 2001, pero los norteamericanos comprenden la exasperación de su aliado francés. De momento, con un cierto escepticismo respecto a los resultados, le están facilitando inteligencia para que lleve a cabo sus bombardeos. Pero si Francia insiste en ir más allá por su cuenta, como sucedió en Libia en el 2011, Washington puede verse arrastrado a una implicación mayor en una operación en la que no cree demasiado. Y también puede verse arrastrado a algún tipo de pacto informal con Putin, otra cosa que no quiere pero que se va haciendo inevitable. Hollande ya insinúa esa alianza, después de haberlo sugerido su inminente rival Nicolas Sarkozy. Al final, como sucede tantas veces, las alianzas no las acaba decidiendo uno mismo sino el enemigo.