La confusión en torno a lo que pueda haber sucedido con el infortunado Airbus A321 ruso que cayó el pasado 31 de octubre en el Sinaí no es solo el resultado de las dificultades técnicas para determinar la causa de su destrucción en vuelo. Las teorías, análisis y filtraciones que se van conociendo hay que leerlas también en clave política porque, independientemente de cuál resulte ser al final la verdad, todo lo que dice cada uno de los actores en este drama tiene su efecto en un conflicto complejo que incluye tanto la lucha del terrorismo yihadista contra Occidente como el enfrentamiento entre Rusia y Estados Unidos y sus aliados.
Está claro que Moscú se ha venido resistiendo a la hipótesis del atentado más allá de lo que dictaría la prudencia. Muchos creen que, de confirmarse esta posibilidad, una parte de la opinión pública rusa podría culpar a Putin de lo sucedido, al menos de manera indirecta, por haber desafiado al terrorismo yihadista con su intervención militar en Siria. En un estado de opinión como el que existe en Rusia es dudoso que se expresasen muchas críticas, pero lo que sí preocupa en Moscú, sin duda, es la humillación que supondría que los yihadistas hayan podido devolverles el golpe tan fácilmente.
En cuanto a Egipto, la cuestión es todavía más obvia: un atentado de estas características sería un golpe durísimo para la ya muy dañada industria turística del país, y también para la pretensión del Gobierno egipcio de que todavía tiene el control del Sinaí.
Por desgracia para unos y otros, la tesis del atentado va ganando fuerza a cada momento que pasa; pero la forma en la que la han alentado británicos y norteamericanos no es tampoco completamente inocente. Desde hace un mes que ven con frustración cómo la aviación rusa va desarbolando a la oposición armada a Al Asad en Siria, una oposición que ellos apoyan. Y aunque, obviamente, ni en Londres ni en Washington deseaban que se produjese este atentado, tampoco se resisten a dejar claro a la sociedad rusa y al mundo que las acciones de Putin acarrean consecuencias.
Finalmente, también el Estado Islámico tiene un lógico interés en que la tragedia del A321 se interprete como una revancha. Pero tampoco aquí las cosas están demasiado claras. Aunque puede ser que esté detrás de este atentado, suponiendo que haya sido un atentado, el «modus operandi» no es el habitual del Califato. Más bien hace pensar en Al Qaida, a la que hace pocos años se habría atribuido esta catástrofe sin dudarlo. O en los servicios de inteligencia de algún país de Oriente Medio molesto con la intervención rusa en Siria. Pero el nudo de intereses en este asunto es tal que, como sucedió con un episodio muy parecido, el desastre de Lockerbie de 1988, puede que no lleguemos nunca a saber la verdad.