Tras los pasos de los gallegos de Saramago

Alfonso Andrade Lago
Alfonso Andrade LA VOZ EN LISBOA

INTERNACIONAL

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Los hosteleros que alababa el escritor siguen en Martim Moniz o la Mouraría, escenarios hoy de la batalla electoral

30 sep 2015 . Actualizado a las 10:32 h.

Dejó escrito José Saramago en su obra El año de la muerte de Ricardo Reis: «Yo me crie en esa época cerca del barrio popular de Mouraría, que estaba ocupado por gallegos. Diría que ellos nos enseñaron a comer bien. Era difícil entrar en un restaurante donde no hubiera un gallego (...), y tengo recuerdos de que en el mercado que había en la Praça da Figueira se oía hablar gallego a todas horas (...), y era increíble lo que aquella gente trabajaba».

Bien, pues aunque son bastantes los que ya no están, el prestigio de nuestros paisanos continúa intacto en Intendente, Martim Moniz o la Mouraría. Encontramos a uno de ellos, Juan Andión Adán (Gaxate, A Lama, 77 años), en su local de la avenida Almirante Reis: Marisquería do Lis. Llegó a Portugal hace 14 años con una mano delante y otra detrás. Hoy regenta dos restaurantes por los que pasa lo más granado de la sociedad lisboeta.

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«É certo, os galegos traballabamos daquela coma escravos. Moitos vendendo carbón. Eu empecei de empregado no Ramiro, outro negocio hostaleiro, con xornadas de 16 a 18 horas e sen descansar un so día. Esa moda chegou despois da Revolución de Abril», confirma.

A Eusebio, el mítico futbolista del Benfica, le llevaba a casa bandejas de camarones tigre, de Mozambique, «que gustábanlle moito. Era moi amigo meu», se enorgullece. Hoy, los miembros de los principales clubes de fútbol de la ciudad son clientes suyos, como los políticos de mayor relumbrón.

Con el tiempo, muchos gallegos acabaron marchándose de esta zona, donde ya no son legión. Ahora están, por ejemplo, en Alcántara, y allí tiene Juan Andión otro negocio: O Palacio.

En Martim Moniz vive desde pequeña la lisboeta Maria Figueredo. «Los gallegos fueron siempre el sustento de esta parte de la ciudad por su profesionalidad -reconoce-, pero el ambiente aquí ya no es tan bueno y algunos se acabaron yendo, como tantos vecinos».

Ese ambiente enrarecido es constatable al bajar en dirección al Rossio. Estos barrios se han convertido, de hecho, en un gran escenario de la batalla electoral. Especialmente, la zona de Largo do Intendente. El socialista António Costa trasladó a este enclave la sede del Ayuntamiento de Lisboa cuando era alcalde de la urbe, cargo que dejó para intentar convertirse en primer ministro en las elecciones del domingo.

«Es cierto que cuando vino Costa desaparecieron la droga y la prostitución, pero ahora que no está, vuelve a haber problemas», asegura Armindo Fernandes. Este hostelero es propietario de la Cova Funda, local al que acude con frecuencia Catarina Martins, que lidera el Bloco de Esquerda y que sabe de la importancia del barrio para sus intereses. A Fernandes le gustaría «que ganara Costa el domingo», pero no cree que eso suceda.

Otro vecino, Manuel Lorenzo, resume la opinión generalizada de que «el barrio mejoró mucho con Costa», pero no todo son parabienes para el líder socialista. Rafael Feio, repartidor en Largo do Intendente, le da la espalda al héroe local: «Non me gusta Costa, é un descartado político».

Seguimos caminando. La explanada de la Mouraría ofrece las dos caras de la ciudad. Las colas que hacen los extranjeros para coger el tranvía turístico miden más de cien metros. Pero al lado, un menor de edad con la ropa hecha jirones extiende la mano: «No te estoy pidiendo dinero, te estoy pidiendo que me compres pan. Tengo hambre. En casa no hay. La troika...».

Es la palabra mágica de los lisboetas. La culpable de todos los males para la mayoría. Menos, tal vez, para algunos gallegos que resistieron bien durante los años del rescate. «A pesar de los recortes tuve que meter a dos empleados más en el restaurante», asegura Juan Andión.