En busca de una patria


Cuando nació Homero, el oráculo le regaló un pronóstico misterioso. Decía: «Tienes una tierra natal, pero no una patria». Algo parecido podría atribuirse a las élites griegas de los últimos dos siglos. Ha habido grandes personajes financieros, empresarios punteros y genios del comercio, pero da la impresión de que la mayoría de ellos nunca se preocuparon por dar a su país, a sus instituciones, un impulso similar al que imprimían a sus negocios. Entre las ambiciones turcas y rusas y las sucesivas reincorporaciones a Occidente por la vía de la imposición de monarcas germánicos, la historia reciente de aquel territorio difuso es confusa y pendular, probablemente favorable a la aparición de lo que hoy se llama «élites extractivas». Por su posición clave en la geopolítica global, tras la Segunda Guerra Mundial Estados Unidos inyectó en el país ingentes cantidades de dólares para su modernización y su apartamiento de la esfera soviética, con la que hacía frontera. Ese flujo de recursos, independiente de los esfuerzos endógenos, también puede ayudar a explicar la informalidad griega, esa aparente falta de implicación entre el Estado y los ciudadanos.

La condición clave de Grecia no es la que ahora se achaca a Syriza, de populismo imaginativo, privado de realismo y de corbatas, sino su largo historial de corrupción. A principios de los sesenta, cuando Atenas accedía a la asociación con las primeras instituciones del mercado común, los helenos cabalgaron la ola del desarrollismo a una velocidad aún mayor que la de España. Con las Olimpiadas del 2004, que pusieron al país en el escaparate, comenzaron a verse las debilidades internas. Allí mismo empezó la trampa contable, que los organismos de control monetario y los bancos europeos no vieron o no quisieron ver. La debacle llegó con la crisis del 2008, pero se venía preparando desde muy atrás.

Con Syriza o sin ella, dentro de la Unión o fuera, los griegos intentan hoy superar la maldición de Homero, que no era una condena, sino un golpe de espuela: el bardo ciego estaba obligado a construir una patria. Él lo logró, con letras divinas. Sus herederos tendrán que hacerlo con instrumentos más palpables.

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