En nombre de un Alá mal entendido


En el nombre de un Alá mal entendido, los radicales dejan una vez más un largo reguero de sangre en el Ramadán. Un muestra de que su capacidad letal, llámense Al Qaida o Estado Islámico, no se apaga pese a las medidas antiterroristas tomadas desde el 11-S. Sin necesidad de un mando único y coordinado, solo la llamada a la yihad desde Internet puede provocar la acción de un lobo solitario o un mártir que busca llegar al primer escalón del paraíso. Lanzan sus huestes contra civiles, en una estrategia del miedo sin pisar ni tan siquiera el país al que amenazan desde un ordenador de algún combatiente desde Raqa.

Los atentados previos a los de ayer, tanto en París y Túnez, dejan clara el malicioso regusto de los radicales sobre dos países que aportan numerosos combatientes a sus filas en Siria e Irak. El Gobierno francés se ha implicado en operaciones militares contra el yihadismo fuera de sus fronteras aun a sabiendas de que esa conducta elevaría las amenazas. La bandera negra tiene desde hace tiempo en su punto de mira a Túnez, el único país que ha logrado una transición hacia la democracia tras la Primavera Árabe. Los radicales quieren hacer desbaratar ese avance atacando a su primera fuente de ingresos: el turismo. Un intrusismo yihadista que se produce a escasos metros de la frontera. Un desafío para Europa. Y un riesgo latente para Francia, pero también para España.

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