Francia condena el espionaje de EE.UU., pero evita abrir una crisis
INTERNACIONAL
Obama se compromete con Hollande a acabar con «prácticas del pasado»
25 jun 2015 . Actualizado a las 00:52 h.En una situación parecida a la vivida con Alemania hace unos años, la revelación por parte de Wikileaks de que los servicios de inteligencia de EE.UU. espiaron a los tres últimos presidentes franceses ha provocado un pequeño terremoto diplomático entre ambos países, pero que parece lejos de provocar una crisis entre dos firmes aliados. La Casa Blanca y el Elíseo se encuentran ya analizando unas actividades de espionaje entre el 2006 y el 2012, que fueron calificadas de «inaceptables» por parte del primer ministro, Manuel Valls.
Wikileaks volvió el martes a la primera plana mundial revelando que EE.UU. había espiado a Jacques Chirac, Nicolas Sarkozy y François Hollande. Aunque el contenido de las revelaciones no es especialmente delicado, el hecho de que los servicios de inteligencia americanos tengan acceso a las conversaciones del máximo representante galo ha supuesto por sí mismo un duro golpe a las relaciones franco-americanas. Tras reunir de urgencia al Consejo de Seguridad, Valls tachó el espionaje de «muy grave y anormal entre Estados democráticos aliados» y consideró que «no es legítimo» proceder a ese tipo de vigilancia «en nombre de los intereses nacionales». Una opinión que comparte todo el espectro político francés, como Sarkozy, denunciado lo que consideran como «métodos inaceptables».
El presidente François Hollande siguió la misma línea crítica y exigió una explicación a los estadounidenses. No tardó en recibirla. En una llamada telefónica, Barack Obama le reiteró su compromiso de «acabar con las prácticas del pasado» y reafirmó su «cooperación inquebrantable» con Francia.
La Casa Blanca se ha apresurado en afirmar que las prácticas denunciadas finalizaron en mayo del 2012 y que en ningún caso se ha continuado con el espionaje a Hollande, algo que confirman los cables publicados por Wikileaks, cuya última pieza data de tan solo tres días después de la investidura del actual presidente.
Eso no ha evitado movimientos diplomáticos de Francia como el envío a Washington del coordinador de los servicios de inteligencia, Didier Le Bret, y la convocatoria de la embajadora de EE.UU. en París, Jane D. Hartley.
El escándalo coincide con la aprobación por parte de la Asamblea Nacional de la nueva y polémica ley de recogida de información, que aumenta considerablemente los poderes de los servicios de seguridad a la hora de vigilar las redes de comunicación. Un detalle que parece no habérsele escapado a Julian Assange a la hora de decidir publicar unas informaciones que vuelven a encender el debate sobre los límites del espionaje entre aliados. A la espera de las nuevas filtraciones con las que ya ha amenazado Wikileaks, las revelaciones no parece que vayan a paralizar la aplicación de la ley o provocar una crisis diplomática seria entre países con muchos intereses comunes.
Un sistema de escuchas en la azotea
La azotea de la Embajada de EE.UU. en París, situada solo a 250 metros del palacio del Elíseo, oculta una estación de telecomunicaciones dedicada a las escuchas de la Agencia Nacional de Seguridad estadounidense (NSA). Se denomina Special Collection Service (SCS) y es compartida por la NSA y la CIA. Unas ochenta embajadas estadounidenses albergan centros del SCS. De ellas 19 se encuentran en Europa, como Berlín, Ginebra, Estocolmo, Viena o Madrid. En la azote de la de París es fácilmente visible desde el exterior, un altillo con falsas ventanas y recubierto de una lona especial que permite pasar las señales electromagnéticas ocultaba (u oculta) una estación de telecomunicaciones.