El Estado Islámico echa raíces en Libia

El avance yihadista amenaza con llevar el califato a las puertas del sur de Europa


Redacción / La Voz

A 500 kilómetros de Sicilia, el Estado Islámico echa raíces en la Libia pos-Gadafi, en la que el desgobierno y el caos ya hace tiempo fue el caldo de cultivo para la implantación primero de Al Qaida y luego de los yihadistas de Abu Bakr al Bagdadi. Una amenaza para Libia, pero también para Europa. Desde el viernes la bandera negra del califato está izada la base aérea de Al Qardabiya, la mayor del país y situada en Sirte, ciudad natal del dictador muerto.

¿Cómo se hizo fuerte el Estado Islámico?

Libia ha sido tradicionalmente un país exportador de yihadistas, pero después de la caída de Gadafi no tuvieron necesidad de salir de casa para lanzar su guerra santa. Del Grupo Islámico Combatiente Libio, creado en los años noventa, proceden gran parte de los milicianos que se unieron a Al Qaida, muchos curtidos en los campos de batalla de Irak y Siria. Con la revolución contra Gadafi, los radicales ganaron influencia al mismo tiempo que se apoderaba del arsenal del Ejército. Con el paso del tiempo muchos dejaron la red fundada por Bin Laden para unirse al Estado Islámico. La mayor parte procedían de Ansar al Sharia, autor del ataque al consulado de EE.UU. en Bengasi en el que murió el embajador. El 30 de marzo del 2015, Ansar al Sharia prometió lealtad al Estado Islámico. Al Bagdadi no desaprovechó esta oportunidad para expandir el califato fuera de Oriente Medio. Fernando Reinares, del Real Instituto Elcano, señala que el califa envió un predicador saudí como asesor religioso y varios centenares de yihadistas libios que habían combatido a Siria e Irak para instruir a los recién asimilados.

¿Cuál es el futuro inmediato?

No tienen todavía ni el protagonismo ni el territorio que controlan en Siria e Irak, pero cada vez más grupos le juran lealtad y su bandera ondea en puntos de la costa de las provincias de Trípoli, Fezzan y, especialmente, Cirenaica, donde se ubica su bastión, Derna. Este puerto pesquero de 150.000 habitantes es en Libia lo que Mosul en Irak o Raqa en Siria. Capital de un incipiente califato y principal campo de entrenamiento de terroristas, como los tunecinos que atentaron contra los turistas del Museo del Bardo. A principio de año, la filial yihadista había hecho su carta de presentación con el atentado contra el hotel Corinthia, residencia de políticos, diplomáticos y hombres de negocios por ser uno de los pocos lugares seguros que aún quedan en Trípoli, y la decapitación de los 21 cristianos coptos secuestrados en Sirte. En el vídeo que mostraba la matanza en una playa, un portavoz de los yihadistas amenazaba por primera vez a Europa: «Conquistaremos Roma, con el permiso de Alá».

¿Hay una estrategia para combatir al EI?

Una estrategia conjunta parece descartada en un país donde hay dos Gobiernos, cada uno con su correspondiente brazo paramilitar. Tras la toma de la base de Sirte, el Gobierno de Trípoli, apoyado por las milicias de Fajr Libya (Amanecer Libio), llamó a una movilización general contra el grupo yihadista. Este Ejecutivo cuenta con el apoyo de Catar y Turquía. En cambio, Egipto, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos son los valedores del Gobierno de Tobruk, reconocido por la comunidad internacional, y de la operación Dignidad contra los islamistas, tanto del EI como de Fajr Libya, al mando del exgeneral Jalifa Haftar, que quiere ser el Al Sisi libio.

¿Es una amenaza para Europa?

La instauración en Libia de un califato equivaldría al establecimiento de un foco grave de amenaza terrorista frente a las costas de Italia, Grecia y España, constata el analista Reinares. Además está el flujo migratorio. El EI ya esgrimió el pasado febrero la amenaza de inundar Europa con 500.000 inmigrantes. «La situación en Libia es cada vez más peligrosa y urgente. Basta con mirar la evolución del mapa en el 2015 para percatarse de que hay que actuar sin demora», explicó a Efe un diplomático europeo destinado en Trípoli y ahora evacuado en Túnez. El proceso de paz, en manos del enviado de la ONU, el español Bernardino León, lleva semanas encallado.

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