Vuelos intimidatorios de cazas en el estrecho de Bering obligaron a los F-22 estadounidenses a una decena de salidas en el 2014, el doble que en el 2013
08 abr 2015 . Actualizado a las 05:00 h.Nadie sabe exactamente qué pasa por la cabeza de Vladimir Putin, pero a buen seguro nada bueno para la paz del mundo. Sus aviones tienen en tensión a las bases de EE.UU. de los gélidos parajes de Alaska, donde los cazas rusos se pasean peligrosamente cerca del espacio aéreo estadounidense sin establecer comunicación alguna que permita entender su presencia. Esos movimientos intimidatorios aumentan. El año pasado los F-22 estadounidenses tuvieron que despegar en alerta para hacerles frente en una decena de ocasiones, el doble que en el 2013, según los datos compilados por Los Angeles Times.
Y no ocurre solo en esa pequeña franja del estrecho de Bering que separa los dos países por el Polo Norte. En 2014, los aviones de la OTAN tuvieron que enfrentarse a los Mig-31 de los rusos y sus bombarderos Tu-95 en más de un centenar de ocasiones. El triple que en 2013.
«Nos están mandando un mensaje, pero todavía no sabemos cuál es su intención», dijo al diario californiano el coronel Frank Flores, al mando de Tin City, la base de las Fuerzas Aéreas de EE.UU. en las montañas de hielo a 80 kilómetros por debajo del círculo polar ártico.
Unos creen que Rusia está poniendo a prueba las defensas de EE.UU. y la OTAN, convencidos de que de cada respuesta aprenden algo siniestro. Otros opinan que Putin intenta subir la moral de sus hombres, humillados por la desintegración de su imperio. Y todos coinciden en que el presidente ruso es quien más añora liderar una potencia mundial y no pierde oportunidad para reclamar ese papel, con la dosis territorial que conlleva.
Si Crimea fue a la vez una anexión nostálgica y estratégica, que escondía 45 billones de metros cúbicos de gas natural en apenas 200 millas náuticas, la región del Círculo Polar Ártico puede convertirse en la mayor fuente de petróleo y gas del planeta. Moscú tiene en ella el grueso de sus reservas de hidrocarburos, además de 20.000 kilómetros de frontera marítima. Por eso los escarceos de sus aviones llegan a países tan dispares como Suiza, Noruega, Irlanda, Gran Bretaña y EE.UU.
Hasta California
En este último caso, los aviones rusos han llegado a aproximarse hasta 50 millas al noroeste de California, lo que ha forzado a los cazas norteamericanos a despegar en su persecución desde bases tan distantes como California y Luisiana, apenas la semana pasada, siempre cargados con misiles y munición para abrir fuego si es necesario.
El Pentágono ha reaccionado a este renacer de la guerra fría reforzando la pequeña base aérea de Tin City y los radares que custodia en Alaska con 115 millones de euros, además de involucrar a los cazas en maniobras de interceptación conjunta con Canadá, el Reino Unido y Holanda. Los F-22 son casi tres veces más rápidos que los Tu-95 rusos, por lo que su verdadero reto es ralentizar la velocidad para identificar al avión que haya desatado la alerta. Están pensados para atacar, no para hacer de vigilantes celestiales. Cada vez que suenan las alarmas y los pilotos se deslizan a toda velocidad por las barras de metal con el corazón palpitando, nadie sabe lo que va a pasar. Rusia tienta la suerte y tal vez busca una oportunidad de medir su fuerza.