La inercia de la desconfianza


Es muy probable que nunca lleguemos a saber la verdad sobre el caso Nisman. Y lo mismo sobre el caso AMIA. O, para ser más exactos, nunca se encontrará una verdad que pueda ser asumida como tal por una mayoría suficiente de argentinos. Sucede a veces, cuando un crimen espectacular y misterioso se produce en un escenario político de confrontación. Es lo que ocurrió con el asesinato de John Fitzgerald Kennedy o con el 11-M español. Es lo que, desgraciadamente, va camino de suceder con la tragedia de AMIA y la muerte del fiscal Nisman.

La investigación sobre el atentado de AMIA nació ya viciada por el momento geopolítico. Irán se había convertido entonces en una obsesión para Washington y sus aliados. Sin prejuzgar si Teherán fue responsable de aquella matanza o no, lo cierto es que sabemos por Wikileaks que el fiscal Nisman trabajaba al dictado de la embajada norteamericana para acusar a los iraníes y exculpar a los sirios, entonces los principales sospechosos. Esto no quiere decir que la «pista siria» no fuese también oportunista. Plausible o no, la impulsaban los enemigos del entonces presidente Carlos Menem, cuyos contactos con el régimen de Hafez al Asad eran muy conocidos.

Luego fue Cristina Fernández quien reflotó esa hipótesis para desautorizar a Nisman, quien reaccionó acusándola a ella. Así hemos llegado a la paradoja de que pronto Menem se enfrentará a un juicio por encubrir la culpabilidad de Siria y Cristina Fernández, quizás, a otro por encubrir la de Irán. Las dos cosas no pueden ser, pero a estas alturas se ha embarrado tanto el terreno de juego que decidirse por una u otra teoría es solo una cuestión de fe, de filias y fobias. La verdad es que ninguna de las dos resulta del todo satisfactoria. Tampoco la de que se trató de una operación de los servicios secretos argentinos por no está claro qué motivo. Hay muchos crímenes sin resolver, este no sería ni el primero ni será el último.

Pero ,como revela por su parte el caso Nisman, en el fondo de todo está la absoluta -y más que merecida- falta de confianza en la Justicia y, sobre todo, en el Gobierno de Argentina. A día de hoy, por ejemplo, no habría ninguna razón para sospechar que el fiscal Alberto Nisman fuera asesinado. Toda la evidencia forense apunta de momento al suicidio -con los esperables datos incoherentes, si bien no tanto como lo serían en la hipótesis del asesinato-. Sin embargo, los argentinos, comprensiblemente, no se lo creen. Y no solo los opositores a Cristina Fernández.

La elecciones pueden decidir la verdad

Los precedentes de corrupción gubernamental y manipulación de la Justicia hacen verosímil cualquier acusación contra ella. Su imputación por encubrimiento en el caso AMIA nace de esta desconfianza, de una inercia de la sospecha, más que de las pruebas. Y lo malo es que, por esa misma razón, puede que el resultado de esta peripecia judicial se acabe determinando en el campo de la política y su juego de influencias, en vez de en el de la Justicia. Pueden ser las elecciones, al final, las que decidan la verdad del caso AMIA y la verdad del caso Nisman. Solo que en ese caso no habrá manera de estar seguros de que se trate de la verdad.

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