Hace cuatro años, cuando Kiev y Moscú renovaron el acuerdo de arrendamiento de la Flota del mar Negro en Sebastopol, el que fue comandante en jefe de esa formación, el almirante Ígor Kasatónov, declaró que «Rusia nunca se irá de Sebastopol». El convenio prorrogó la permanencia de la Marina rusa en el enclave hasta el 2042. Fue entonces cuando advirtió Kasatónov: «El 2042 no es la fecha final. La Armada rusa se quedará para siempre en Sebastopol porque juega un papel vital en la defensa de la frontera sur de Rusia»
Crimea pasó a formar parte del Imperio ruso en 1783 con Catalina II y, salvo un pequeño períodos durante la guerra de 1853-1856, continuó siendo rusa hasta que, en 1954, el presidente Nikita Jruschov decidió que la península dependiera administrativamente de la república soviética de Ucrania. Ya para esa fecha, la Flota del mar Negro de la URSS estaba amarrada en Sebastopol. A partir de 1992, la flota pasó de ser soviética a ser rusa. Ucrania heredó algún barco destartalado, pero la base principal de Sebastopol quedó en manos del Kremlin.
De las cuatro flotas de la Marina rusa, la del Norte, Báltico, Pacífico y mar Negro, esta última es la más numerosa e importante desde el punto de vista estratégico. Integra medio centenar de navíos de guerra -acorazados, fragatas, submarinos y dragaminas- y casi un centenar de aviones, mientras la base de Sebastopol acoge a 18.500 militares y técnicos.
Lo que se ventilaba para Rusia a nivel estratégico en lugares como Nagorno Karabaj (Azerbaiyán), Transdniester (Moldavia) o las provincias georgianas de Abjasia y Osetia del Sur tenía una importancia infinitamente menor que en Crimea y, sin embargo, no dudó en utilizar su Ejército. El método para arrebatar las regiones está perfectamente experimentado: lograr que la población local se levante contra el poder central y después invocar la necesidad de defender a sus «compatriotas».