El síndrome de Diógenes digital


Contempladas retrospectivamente, algunas noticias tontas resultan reveladoras. Como aquella de hace unos meses que decía que el presidente Obama se resistía a prescindir de su Blackberry a pesar de que los servicios de inteligencia le decían que ese terminal no era seguro. Ahora ya sabemos por qué: ellos mismos llevaban años pinchando el móvil de buena parte de los líderes mundiales. Entre ellos el de Angela Merkel, que aún en el verano quitaba importancia al espionaje cuando solo afectaba a sus votantes.

El manual dice que cuando un escándalo ya no se puede negar hay que pasar a decir que escandalizarse es de ingenuos. «Todo el mundo espía a todo el mundo» es ya la línea de defensa que sale de Washington. Lo cual es cierto. Aunque también lo es que si te cogen a ti eres tú el que tiene que dar explicaciones, y nadie más. Con lo que ya solo queda el gastado argumento de la eficacia en la lucha contra el terrorismo, a pesar de que no se ha podido documentar ningún caso concreto de ataques evitados por estos medios, y de que, según los papeles de Snowden, Alemania ha sido más espiada que Afganistán. La mayor parte de las interceptaciones buscaban secretos comerciales.

Es cierto que esa es la parte menos sorprendente del asunto. Lo llamativo es el espionaje masivo a millones de ciudadanos europeos, una especie de «espionaje por que sí» que parece una extensión de lo que podríamos llamar el «espíritu Google», ese afán por recabar datos inútiles por si algún día se les puede sacar provecho.

Infectado a ciudadanos y gobiernos

Es una especie de síndrome de Diógenes que parecer haber infectado desde a los ciudadanos que «se bajan» películas o música de Internet en cantidades que requerirían varias vidas para poder visionarlas, hasta los gobiernos obsesionados por recopilar todo lo que circula por la línea telefónica o el wifi.

¿Tendrá alguna consecuencia este escándalo? No. Cuando la voz que se oye más alto es la del irrelevante Parlamento Europeo es que no está levantando la voz quien de verdad manda, que es la Comisión. Alemania y Francia buscan un arreglo por su cuenta. No está ni mucho menos claro que quieran el fin del espionaje a los ciudadanos, sino tener acceso a esos datos y limitar el espionaje industrial.

Los servicios secretos de Francia son famosos (junto con los chinos) por practicarlo con especial talento, por eso se la oye menos. Y en el enfado de la Merkel probablemente tiene algo que ver el hecho de que acaba de entrar en coalición. Quien haya visto una película de espías sabe que al final, normalmente, se intercambia a los agentes capturados en un puente, para que todo quede en un empate.

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