¿Un escándalo útil para Valls?


Las televisiones, que tienden a magnificar las noticias que cuentan con imágenes, han mostrado las manifestaciones de estudiantes de instituto en apoyo de su compañera Leonarda expulsada de Francia a Kosovo por «falta de integración». Pero en realidad se trata de protestas bastante pequeñas. Los sondeos nos indican que Francia está en esto en sintonía con el resto de los países europeos, cada vez peor dispuestos hacia la inmigración. Esas encuestas dicen que la decisión del ministro del Interior, Manuel Valls, cuenta con el apoyo de dos de cada tres franceses.

El escándalo, si uno se fija, se circunscribe a las formas y al caso concreto, no al principio de que quien no se integra tiene que ser expulsado. Incluso la investigación oficial ha obviado el hecho de que Leonarda fue detenida durante el horario lectivo, algo ilegal (no es cierto, sin embargo, que fuese arrestada en presencia de sus compañeros). Esto ha reforzado a Valls, lo mismo que la torpeza del presidente Hollande, que ha intentado lo que nunca se debe hacer en política, una rectificación parcial: permitir volver a Leonarda pero no a su familia.

A quien le parezca inhumano expulsar a una familia difícilmente le parecerá mejor dividirla. «Hipocresía» lo llamó el diario progresista Le Monde, mientras que desde Kosovo, a través de televisión francesa, Leonarda rechazaba la oferta de Hollande. «Y pensar que pegué carteles suyos durante la campaña electoral», dijo también para acabar de hundirle.

Hollande tiene ahora una difícil gestión de la crisis interna por delante. Algunos en el gobierno y en el partido le piden la cabeza de Valls. Pero contra lo que pueda parecer ahora, él podría, de hecho, acabar siendo el beneficiario de todo esto. El asunto recuerda a Sarkozy, que era también ministro del Interior cuando estallaron los disturbios de las «banlieu» en el otoño del 2005. Enfrentado con el presidente Chirac y bloqueado en sus ambiciones por el primer ministro Dominique de Villepin, Sarkozy lanzó entonces un discurso calculado de mano dura frente a la revuelta que escandalizó a su partido. Pero fue el comienzo de su despegue, que le acabó llevando a Elíseo.

Con Hollande cada vez más debilitado y desorientado políticamente, no hay que descartar que el ambicioso Valls repita el experimento. Desde luego, la reconfiguración del mapa político francés le favorece. El ascenso del Frente Nacional de Marine Le Pen, al que las encuestas colocan como primer partido, puede llevar a apostar por un Valls que sintoniza cada vez mejor con los votantes de la derecha.

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