Grietas en el espacio Schengen

Las crisis de refugiados y el desacuerdo europeo restan eficacia a la política comunitaria contra la llegada de inmigrantes ilegales


Redacción / La Voz

El desastre de Lampedusa no es solo la historia de un naufragio: como en las catástrofes aéreas, en la isla italiana se ha dado un cóctel explosivo de factores. El resultado son varios centenares de muertos y una revisión crítica de la política comunitaria de lucha contra la inmigración ilegal, especialmente en el sur de Europa, línea Maginot del espacio Schengen frente a África, en cuyos accesos han muerto en los últimos veinte años, según los cálculos del experto gallego Xulio Ríos, entre 17.000 y 20.000 personas que intentaban alcanzar una vida mejor.

El espacio Schengen fue creado en 1985 por cinco países europeos para facilitar la libertad de movimientos de sus ciudadanos; hoy cuenta con 26 socios, pero la imagen que transmite no es la de libertad de circulación, sino la de un muro que la Europa más o menos próspera opone a los inmigrantes del Sur.

Fundar un área multinacional tan grande sin fronteras interiores traía aparejado contar con una frontera exterior común y una política de acceso también compartida para los aspirantes a integrarse en ese nuevo espacio. Pero, como decía en su momento la profesora Carmen González Enríquez, investigadora del Real Instituto Elcano, «lo que se ha avanzado desde 1985 está mucho más en el campo de las políticas de evitación de la inmigración no deseada que en el de las de atracción activa de la inmigración deseada».

Los inmigrantes irregulares que acceden al sur de Europa siguen siendo tratados de acuerdo con normas nacionales. Y las variaciones en esas políticas nacionales según la coyuntura y según la ideología de los sucesivos Gobiernos ha dado lugar a roces entre los socios más rigurosos del norte y los más permisivos del sur. El encontronazo casi definitivo tuvo lugar en abril del 2011, cuando una oleada de 20.000 fugitivos tunecinos desembarcó en Italia y el Gobierno intentó desviarlos hacia Francia. Nicolás Sarkozy reimplantó las fronteras nacionales. En la actualidad son varios los países que han reactivado esos controles, incluida España, que vigila aleatoriamente en los Pirineos la entrada de grupos numerosos de personas procedentes del Este.

La inseguridad en los Estados fallidos del Cuerno de África y en Sudán, la crisis en Mali y, sobre todo, la huida masiva de sirios de la guerra que asola su país han intensificado la presión sobre la frontera exterior europea en los últimos meses. Son más de tres millones de refugiados a las puertas del continente. Para escapar de las terribles condiciones en que se encuentran, estas personas están utilizando ya las rutas tradicionales de la emigración económica entre el África subsahariana y el Mediterráneo. Pero surge otra ruta principal, por Libia hacia las islas italianas. Los acuerdos de países europeos con sus vecinos africanos incluían ayudas para el desarrollo que se empleaban también en el manejo de simpapeles. El tráfico de cayucos hacia España se ha reducido notoriamente por la mejora de la cooperación con Marruecos. El cambio de régimen en Libia, paradójicamente, dificulta esa colaboración, porque no hay una autoridad bien definida que ejerza ese papel; no hay, dicho en plata, a quien pagar para que frene las pateras. Entre Somalia y Eritrea y la frontera libia con Túnez, el negocio del tráfico humano vuelve a ser pujante. Según el experto David Rodríguez, director de la empresa de inteligencia Global Chase, el tránsito entre el Cuerno de África y el Mediterráneo lo facilitan redes locales de captación en Somalia y de embarque en Libia, con una red global de transporte en la que actúan mafias con actividad en todo el Magreb. Por su parte, los sirios que huyen de la guerra están abriendo nuevas rutas por las islas griegas, complicadas de controlar, y más en medio de las dificultades económicas que atraviesa el país.

En cualquiera de estos puntos puede volver a darse una tragedia como la de Lampedusa. Distintas voces reclaman una reformulación de los acuerdos de Schengen para actuar en común y frenar la avalancha en su origen. Como para tantas otras cosas, parece que el desastre solo se evitará con más Europa.

Análisis crece la presión migratoria

«Entre Somalia y Libia, el negocio del tráfico humano vuelve a ser pujante»

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