Es lógico que se debata acaloradamente sobre la moralidad del espionaje en Internet, o sobre su legalidad. Pero hay otra cuestión que corre el riesgo de quedar olvidada y que es casi igual de importante: ¿es eficaz? El presidente Obama asegura que es imprescindible para garantizar la seguridad del pueblo norteamericano (no ha hecho alusión a otros pueblos) y un alto responsable de la comunidad de inteligencia declaraba recientemente ante el Congreso que gracias a este programa se habían detectado e impedido «docenas» de ataques terroristas, literalmente. ¿Es así?
Hasta ahora los servicios de inteligencia norteamericanos no han podido detallar más que dos casos concretos (en toda una década) en los que el programa PRISM ha servido para desbaratar atentados, e incluso estos plantean algunas dudas. Parece documentado que el espionaje en Internet permitió la detención de un norteamericano que había hecho alguna labor de vigilancia para los atacantes de Bombay en 2008. Sin embargo, se trataba de un miembro poco importante de la célula y su detención, de hecho, no impidió el atentado.
El otro caso es el arresto, en el 2009, de tres hermanos afgano-americanos que pretendían colocar bombas en el metro de Nueva York. Por lo que se ha podido saber luego, sin embargo, estos hermanos carecían de la profesionalidad para llevar a cabo un atentado de esa clase (se delataron al comprar grandes cantidades de explosivo con su propia tarjeta de crédito en un sitio de Internet). En realidad, el espionaje de sus comunicaciones fue redundante para su arresto, porque ya estaban siendo vigilados físicamente desde hacía tiempo.
De hecho, esto es lo habitual. Según un estudio reciente de la Universidad de Ohio se han desbaratado un total de 53 tramas terroristas en Estados Unidos desde el 11-S, y en todas ellas la clave del éxito ha sido la vigilancia policial convencional o la discutible técnica del «sting» (infiltrar un agente en un entorno radical y animar a sus miembros a organizar un atentado para entonces detenerlos).
Las gigantescas bases de datos telefónicas y de Internet apenas han jugado ningún papel. Incluso muchos expertos sospechan que pueden haber perjudicado las investigaciones ya que, según se ha podido calcular, por cada pista correcta esta clase de espionaje produce unos 10.000 «falsos positivos» (pistas falsas) que consumen tiempo y recursos de los servicios de seguridad.