Argelia pretende dar una lección a Occidente

Miguel A. Murado

INTERNACIONAL

Policías argelinos escoltan a un rehén noruego.
Policías argelinos escoltan a un rehén noruego. LOUAFI LARBI < / span>reuters< / span>

20 ene 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Los portavoces británico y norteamericano intentaban ayer conciliar dos impulsos contradictorios. No sabían si mostrar su apoyo a Argelia y la manera en cómo ha llevado el secuestro de la planta de gas, o si pedirle cuentas por lo que es, a todas luces, una masacre. No es ya que el Ejército asaltase la planta sin consultar con los países de los secuestrados sino que, según los testimonios de los supervivientes, los helicópteros militares bombardearon sin contemplaciones los camiones en los que iban los rehenes, una técnica que incluso los partidarios de la mano dura encontrarán un tanto excesiva. Al final, británicos y norteamericanos se quedaron en lo que podríamos llamar un «apoyo desconcertado» a la operación. Solo el presidente francés volvió a descolgarse del consenso internacional y fue más lejos. Para asombro de muchos, calificó la operación de «apropiada».

Es posible que los más asombrados sean los propios argelinos, que seguramente no esperaban tanto. Desde el primer momento, su Ejército jugó a confundir a la prensa con noticias falsas para tener las manos más libres. La larga ocultación, deliberada, del número de víctimas sigue la estela de Putin. Éste anunció en el 2002 que el asalto de su policía a un teatro donde había cientos de secuestrados, había terminado «con la muerte de los terroristas». Solo una vez que recibió las felicitaciones de los líderes mundiales dejó que se supiese que en el rescate habían muerto también ciento treinta rehenes (y luego que habían muerto asfixiados por los gases lanzados por la propia policía). Su justificación de que esta estrategia haría más improbables futuros secuestros en masa perdió fuerza cuando, dos años después, otro grupo se apoderó de cientos de rehenes en una escuela rusa. De nuevo las fuerzas de seguridad decidieron el asalto, y en esta ocasión los inocentes muertos fueron trescientos treinta y uno, casi todos ellos niños.

El paralelismo no es casual. Los mandos de la policía rusa y el Ejército argelino se formaron en las mismas escuelas de seguridad de la antigua URSS, en las que la negociación estaba excluida por razones políticas. A ello hay que sumar, también es cierto, la extrema violencia tanto del terrorismo checheno que padecía Rusia como la del yihadismo argelino.

Pero hay otra clave más, y es que con su actuación Argel no está mandando un mensaje a los yihadistas únicamente, sino también a Occidente. Los argelinos habían advertido a los países de la OTAN que derrocar a Gadafi en Libia tendría el efecto colateral de fortalecer el yihadismo en el Sahel, lo que ha resultado ser cierto (los secuestradores de la planta de gas entraron, al parecer, desde Libia). También habían avisado de que una intervención francesa en Mali desestabilizaría a la propia Argelia. Su actuación en este secuestro, ignorando completamente los intereses de los países occidentales, ha sido, en parte, la manera que ha tenido Argel de marcar su propio terreno y vengarse de lo que consideró desprecios de sus aliados.

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