Hielo seco para los frigoríficos


Por la calle van dos chicos con cuatro cajas de pizza. Huele a pizza recién hecha, uno de los aromas más neoyorquinos. Me cuentan que un poco más adelante hay una pizzería abierta en la que tienen horno de leña y por eso, explican, pueden seguir haciendo pizza. Como todos los negocios que se han quedado sin electricidad, mantienen los frigoríficos con hielo seco que reparte la compañía eléctrica en puntos estratégicos de cada zona.

Cuando llego, descubro que no es el único negocio abierto. Al lado hay otro más llamado «Bistrot Cubano». Pese a su nombre, ni los camareros ni los dos clientes saben una palabra de español. Alex es el responsable del bar y me cuenta que el jefe ha decidido abrir pero que, sin embargo, no está viniendo gente.

La tarde cae deprisa sobre este Manhattan sin luz ni móvil y es el momento de salir. Encuentro una parada de la línea que lleva hasta Brooklyn. Llega un autobús vacío a recoger a las decenas de personas que esperamos. Subimos y el conductor pregunta: «¿Dónde vamos, colegas?». La respuesta mayoritaria es: Barclays Center, una de las dos posibilidades de destino final en Brooklyn. La gente se ríe abiertamente. No es nada habitual en Estados Unidos esta libertad casi asamblearia.

Dejamos atrás la ciudad fantasma que, poco a poco, se va cubriendo de oscuridad total, una oscuridad a la que Nueva York está muy poco acostumbrada. Pero todos sabemos que es Nueva York, la ciudad que se recupera de cualquier tragedia.

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