A unque a la hora de cierre todavía no disponíamos de los resultados oficiales completos de la primera vuelta de las presidenciales francesas, los primeros datos que se iban conociendo revelaban al menos una cosa para la segunda vuelta: que nada está garantizado.
En esos sondeos, el socialista François Hollande lograba imponerse a Nicolas Sarkozy, su objetivo principal. Pero los portavoces socialistas no transmitían demasiada confianza, y basta mirar al resto de los números para entender el porqué. Como aventurábamos ayer, la cifra del Frente Nacional (FN), en la extrema derecha, ha terminado por ser la clave de todo. Marine Le Pen, a quien las encuestas preelectorales presentaban como enganchada en una lucha por el tercer puesto con el Frente de Izquierda de Jean-Luc Mélenchon, habría logrado (siempre según estos resultados provisionales) en torno a un 20 %, mientras que Mélenchon se habría hundido en un 11 %.
Esto quiere decir que Hollande, como ganador del primer turno, sigue siendo el favorito para el segundo. Pero la cosa se complica. Es seguro que en la segunda vuelta absorberá todo ?o casi todo? el voto del Frente de Izquierda y otras organizaciones del espectro progresista, pero si el de extrema derecha se va a Sarkozy, aunque sea en una proporción menor, el actual presidente podría incluso lograr la reelección.
¿Es eso probable? En principio, no. El voto del FN es en gran parte un voto de protesta, por lo que mucho se irá a la abstención, e incluso, en alguna medida, a Hollande. Pero a Sarkozy todavía le queda una carta que jugar: por ejemplo, ofrecer un pacto de gobierno al FN. Mientras tanto, Hollande, por su parte, se ve obligado a un complicado equilibrio en los días que quedan para la segunda vuelta: tiene que garantizarse el voto de la extrema izquierda, e incluso quizá tenga que ofrecerles también un pacto de alguna clase. Pero tiene que llevar a cabo esto cuidando de no provocar una reacción contraria en el voto de extrema derecha que podría llegar a dar la victoria a Sarkozy.
Como decimos, esto es posible pero no probable. Lo más probable es que Marine Le Pen decida rentabilizar de otra forma su triunfo, llamémosle «edípico» (ha superado a su padre). Si deja caer a Sarkozy y permite que ganen los socialistas, su formación quedará en una posición de fuerza de cara a la reconstrucción de la oposición de derecha. Con la segura desaparición de Sarkozy de la vida política, y la consiguiente lucha por el poder en el UMP, más la desintegración del partido de centro de François Bayrou (de confirmarse los sondeos, también habría sido vapuleado), se abre ante los lepenistas un enorme espacio por el que expandirse de cara a las próximas elecciones legislativas, sobre todo con un Gobierno de izquierda en el poder.
Todo indica que Francia se dispone no solo a cambiar de Gobierno, sino también de oposición.