Hasta hace unas horas solo había un escenario verosímil en Venezuela: el enfrentamiento a cara de perro entre Chávez y sus detractores en las elecciones programadas para octubre del año que viene. Las noticias sobre el agravamiento de su estado de salud abren, sin embargo, la posibilidad de que el líder bolivariano ya no se encuentre en condiciones de llegar con fuerzas a los comicios y deba delegar el liderazgo de la coalición que encabeza.
Esto inyecta un enorme dramatismo a la situación, ya que tanto sus partidarios como quienes pretenden desplazarlos vivirán a partir de ahora más pendientes de la enfermedad, en un estado de inquietud emocional que caldeará todavía más el antagonismo que los opone. Tanto con Chávez como sin él en el cartel electoral, sus seguidores explotarán todos los resortes del poder que estén a su alcance para brindarle una victoria que prolongue su proyecto en el tiempo. La hipótesis de que al final no tengan enfrente a quien encarna para ellos los males del país, o la de que si concurre lo haga muy debilitado, trabaja a favor de que sus detractores se envalentonen, superen las diferencias y presenten un frente común más combativo que en contiendas anteriores.
Chávez no puede quejarse del laberinto en que se encuentra atrapado. Es consecuencia del oscurantismo con que él y sus edecanes han tratado el cáncer que lo aqueja, escamoteando los datos esenciales de cómo evoluciona al mismo tiempo que decrecía su presencia pública de una forma alarmante para alguien tan habituado a exprimir la televisión y no dejar un solo titular libre. La falta de transparencia ha contribuido a fabricar el clima de alarma que ahora lo envuelve.
¿Puede resistir un país una situación como esta un año entero? El sentido común dice que, por el bien de Venezuela, sería lo más conveniente despejar la incertidumbre y salir de la interinidad política en la que se entró hace tres meses. La puesta en escena de ayer, tan melodramática como escasamente esclarecedora, indica, sin embargo, que los venezolanos se encaminan a un año de tensión y sobresaltos, con un presidente que no está interesado en decirles la verdad porque, tal vez, ya no podría controlar las consecuencias.