Pequeños comerciantes empiezan a surgir en Kesennuma, una ciudad devastada por el tsunami, con el objetivo de cubrir las necesidades inmediatas de los refugiados y conseguir un poco de dinero. Este movimiento es una muestra del intento de volver a la normalidad. Los refugiados, faltos de transporte, tienen que buscar sus raciones diarias en las propias zonas arrasadas por la catástrofe, constituyendo una clientela potencial para los comerciantes avispados.
Más de una semana después de que el maremoto destruyera su tienda, Sayuri Miyakawa volvió al negocio. No tiene local ni dinero líquido y le faltan productos. Por el momento, esta mujer empezó poniendo sobre una caja de cartón unos cuantos chocolates, fruta y algunas botellas de agua, en la calle donde su tienda familiar estaba antes de ser barrida por la ola gigante.
Pero no es un caso aislado, otros vendedores ofrecen artículos diversos en la calle, herramientas o ropa.
La falta de dinero líquido es uno de los principales obstáculos para el comercio improvisado, ya que los clientes no pueden recurrir a los cajeros automáticos porque están fuera de servicio.
Cuatro días después del tsunami, el banco Kesennuma Shinkin también volvió a abrir dos agencias en la ciudad, pese a que no había luz en la zona.