El espectro de Hoover

Leoncio González REDACCIÓN/LA VOZ.

INTERNACIONAL

La prensa norteamericana de signo conservador cogió afición a comparar a Obama con Carter para dar a entender así que la presidencia del primero emitía las señales de impotencia e ineptitud que abreviaron la del segundo. Pero eso fue en los ya lejanos días felices. Ahora, a esa imagen se superpone otra que extraen de la Gran Depresión algunos medios progresistas que hace solo dos años veían en su jefe de filas la reencarnación de Roosevelt. Es el espectro de su antecesor, Herbert Hoover.

Como se sabe, Hoover tuvo la mala suerte de encontrarse al frente de EE.?UU. cuando se produjo el crash bursátil de Wall Street en 1929. Según todos los estudios que se ocuparon de aquel período, tuvo el infortunio todavía mayor de agravar la situación con medidas equivocadas que prolongaron la recesión y la hicieron más abrupta. Parece claro que si los influyentes líderes de opinión demócratas lo están sacando del merecido olvido donde reposa para encontrarle parecidos con Obama es porque el desencanto que les produce este se ha convertido ya en un sentimiento menos llevadero.

¿Decepción? ¿Malestar? ¿Inquina? A simple vista proviene de la decisión del presidente de pactar con los republicanos una prórroga de las rebajas fiscales diseñadas por Bush, que hará más cómoda la tributación de las rentas superiores a los 250.000 dólares anuales, pero, con toda probabilidad, apunta más allá de esta medida concreta. Tiene por fin recordarle que no dispone de carta blanca para reinventarse en los dos años que le restan de mandato llegando por su cuenta a acuerdos con sus rivales sin tener en cuenta a su propio partido.

No se trata todavía de un motín, pero sí del aviso de que podría producirse si Obama se deja llevar por su afición al bipartidismo. Al parecer, no solo los congresistas republicanos y del Tea Party entran en la Cámara abducidos por la polarización. También los representantes demócratas llegan con ganas de hacer valer sus señas de identidad progresista y no pueden ver con buenos ojos que el presidente renuncie a ellas o las desnaturalice guiado por su pragmatismo.

El aviso se refuerza con la amenaza, aún incipiente pero claramente audible, de que quizá sería conveniente no dar por sentada la candidatura de Obama dentro de dos años y desafiarlo en las primarias. Es un juego peligroso, ya que luego será muy difícil pedirle a los norteamericanos la confianza en Obama que no tienen ahora sus partidarios. Sin embargo, presenta la ventaja de que es un camino recto para dar vida al espectro de Hoover.