Correa dice que no habrá perdón ni olvido para los responsables de la sublevación

Milagros L. de Guereño LA HABANA/COLPISA.

INTERNACIONAL

Dimite el jefe de la policía porque «un comandante agredido por sus subalternos no puede quedarse al frente de ellos»

02 oct 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Ecuador avanzaba ayer hacia la recuperación de la calma tras la angustiosa jornada del jueves, aunque mantendrá el estado de excepción hasta el lunes. Comercios y colegios volvieron a abrir en Quito y la vida cotidiana regresó bajo la atenta mirada de los 250 militares que vigilan el palacio de Gobierno. El presidente, Rafael Correa -ya a salvo tras ser retenido durante once horas por los policías sublevados-, anunció mano dura para los protagonistas del intento de golpe de Estado y sus mentores. La rebelión se cierra con cinco muertos -tres en la capital y dos en Guayaquil- y cerca de dos centenares de heridos, la mayoría civiles.

De inmediato cayeron las primeras cabezas. El jefe de Estado Mayor, general Florencio Ruiz, se convirtió en comandante general de la Policía Nacional para sustituir al general Freddy Martínez, obligado a dimitir tras la insubordinación de unos 800 de sus 40.000 miembros que no logró sofocar pese a sus esfuerzos. Martínez dijo que «un comandante agredido por sus subalternos no puede quedarse al frente de ellos».

Investigaciones

También con celeridad se abrieron investigaciones para determinar quiénes fueron los responsables de la protesta. Según Correa, fueron «supuestos policías, supuestamente buscando mejoras salariales» dirigidos por su antecesor, Lucio Gutiérrez.

El presidente permaneció acorralado durante casi medio día en un hospital militar mientras la violencia se extendía en Quito entre sus seguidores, que querían rescatarlo, y los amotinados. La situación revertió cuando decenas de soldados y miembros de cuerpos especiales del Ejército asaltaron a tiros, balas de goma y bengalas el centro de salud.

Pasadas las diez de la noche (madrugada de ayer en España) Correa llegó al palacio de Carondelet, y salió al balcón. Ante miles de ecuatorianos prometió que «no habrá perdón ni olvido» para los líderes de la insubordinación que forzaron un «intento de golpe de Estado, de conspiración».

El mandatario de izquierdas aseguró que los sublevados planeaban asesinarlo, pero que las tropas leales lo impidieron. Mostró su agradeicimiento por ello al Gobierno, al pueblo y a las Fuerzas Armadas, pero en especial al Grupo de Operaciones Especiales de la Policía (GOE), «que se portó muy leal y resguardó las instalaciones del hospital».

«Si no, esa horda de salvajes que querían matar, que querían sangre, hubieran entrado a buscar al presidente y probablemente no estaría contando lo que estoy diciendo», manifestó. También criticó a la «oposición retrógrada, que hasta negaba que el presidente estaba secuestrado».

El ministro del Interior, Gustavo Jalk, anunció que harán «todas las investigaciones [...] porque es importante que el país conozca quien organizó estos hechos». Pero aclaró que había que «separar el trigo de la paja» porque no participaron todos los regimientos.