El bolivariano de corbata


Redacción/la voz.

Rafael Correa no es un militar como el ex presidente Lucio Gutiérrez. Ni un millonario como Álvaro Noboa, el hombre más rico de Ecuador y a quien derrotó en las urnas en el 2006. Es un economista inteligente y con capacidad de liderazgo, un seductor en todos los sentidos. Nacido en la capital económica del país, Guayaquil, pero en el seno de una familia humilde, Correa logró becas para estudiar economía en Lovaina (Bélgica) e Illinois (EE.?UU.).

De pequeño, comentó su madre, Norma Delgado, ya dijo que quería ser presidente de Ecuador. Su personalidad no permite medias tintas, y lo consiguió en el 2006, después de ser ministro de Finanzas.

Admira a Hugo Chávez y su socialismo del siglo XXI. En su primer mandato, convocó un referendo para establecer una Asamblea constituyente y variar la Carta Magna, y cumplió mediante un decreto otra promesa electoral: la reducción a la mitad de los salarios de los altos cargos del Estado, comenzando por el suyo.

En su Gobierno buscó paridad (40% de mujeres) y prohibió a los ministros recibir regalos por el desempeño de esos cargos. A Correa se le critica por haber incrementado de forma drástica el aparato burocrático del Estado.

Como Hugo Chávez, este nacionalista bolivariano se hizo con el poder de la prensa al lograr para el Estado varios medios de comunicación, unos nuevos y otros por expropiaciones.

La filosofía del rebelde con corbata es revertir el modelo neoliberal que ha llevado a la privatización de servicios básicos como la salud, la educación o la gestión del agua potable. Es la misma partida a la que juegan Evo Morales (Bolivia), Daniel Ortega (Nicaragua) y Hugo Chávez (Venezuela), pero estos sin esa prenda anudada al cuello que adquirió un valor político durante la revolución francesa: el revolucionario la llevaba negra, mientras el contrarrevolucionario se la ponía blanca.

Durante su mandato, Correa no necesitó lucir la guayabera para expropiar a banqueros, forzar a las petroleras a cambiar sus contratos en beneficio del Estado y suspender el pago de la deuda externa que consideró ilegítima. Y propuso el Plan Ecuador, en busca de desarrollo y paz, frente al militarismo del Plan Colombia.

El año pasado no renovó el contrato a Estados Unidos para mantener la base militar en Manta, por considerarlo un atentado a la soberanía. Y sacando pecho, como lo hizo el jueves ante la policía, dijo que solo consentiría esa cesión si Ecuador pudiera tener una en EE.?UU., país, por cierto, donde su padre conoció la prisión.

Diplomacia e indígenas

Sin duda, uno de sus mayores éxitos está en su diplomacia exterior. Recuperó las relaciones con Colombia, que permanecieron rotas 20 meses tras el ataque militar a un campamento de las FARC en territorio ecuatoriano. Sus fluidas relaciones, en especial con Argentina, Cuba, Venezuela, Bolivia y Brasil, también llegan a Europa. Ahora la china en el zapato la tiene en casa. Los indígenas, esos que lo auparon al palacio de Carondelet, no tienen el peso que exhibieron los policías, pero tienen tierras y se niegan a entregarlas a las compañías mineras. Correa ya les dijo que no dialogará con ellos, actuará.

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