Generales y presidentes

Miguel A. Murado

INTERNACIONAL

Es una clásica escena del cine de guerra norteamericano: el militar heterodoxo que se queja de «esos políticos que están detrás de una mesa en Washington y no tienen ni idea de cómo se gana una guerra». Se trata de algo más que un simple cliché cinematográfico. En Estados Unidos esa clase de militar rebelde se ha dado en la realidad, y con bastante frecuencia. Durante la guerra civil, a Lincoln le costó casi tanto controlar a sus generales como vencer a los del enemigo. En la Segunda Guerra Mundial, Roosevelt tuvo que apartar del mando al excéntrico Patton; en la de Corea, Truman se vio obligado a destituir a MacArthur (quería bombardear China con armas atómicas). En teoría, todas esas trifulcas se saldaron con el triunfo del Capitolio sobre el Pentágono.

Pero el gremio de los generales ha tenido sus revanchas. De todas las democracias, la norteamericana es posiblemente la que con más frecuencia ha estado gobernada por soldados. No solo están los más conocidos (Grant, Eisenhower, el propio Washington). También fueron generales, antes de ser presidentes, Jackson, Harrison, Taylor, Pierce, Garfield... Casi uno de cada cinco. Otros, como Kennedy o Nixon, debieron su elección en gran parte a sus hazañas bélicas, que siguen siendo el gran cartel electoral. Por eso, el presidente Obama dudaba ayer si hacer con McChrystal lo que haría cualquier otro Gobierno del mundo, en vista de sus declaraciones a Rolling Stone (hasta en el nombre de la revista hay sarcasmo: significa «bala perdida»).

Un McChrystal retirado y hablador sería una pesadilla, sobre todo con una guerra, la de Afganistán, que todos saben perdida (lo estaba ya con él). Sobre todo, Obama sabe que los norteamericanos, que desconfían siempre de sus políticos, aman a sus generales. En particular a los rebeldes. Es lo que les ha enseñado el cine.