Los aliados se hacen con Marjah

Patrick Baz

INTERNACIONAL

Tan solo los francotiradores talibanes aislados y los explosivos improvisados ralentizan el avance de las tropas de la OTAN y afganas en el bastión de Helmand

16 feb 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

«¡Cuerpo a tierra! ¡Cuerpo a tierra!», gritan unos marines al verse sorprendidos por el tableteo de las armas y los silbidos de las balas. «¡AK, AK!», gritan otros, para indicar que el fuego proviene de los Kalashnikov. Tres días después del inicio de la ofensiva Mushtarak ('Juntos'), la localidad de Marjah y la zona aledaña de Nad Ali, principales objetivos, están bajo control casi completo de las fuerzas afganas e internacionales. La superioridad ha llevado incluso al Gobierno afgano a invitar a los insurgentes que aún resisten a que se acojan a la oferta de reconciliación nacional.

Sin embargo, los soldados siguen siendo acosados por francotiradores talibanes aislados y los temidos IED (siglas en inglés de artefactos explosivos improvisados), fuente de la mayoría de las bajas extranjeras. El domingo, una patrulla se detuvo frente a lo que parecía una bomba de fabricación casera, que resultó ser una trampa para inmovilizarla y dejarla bajo el fuego de francotiradores talibanes.

La patrulla avanza en medio de inmensos campos de amapola, materia prima del opio, en la periferia norte de Marjah, precedida de un perro especializado en detectar bombas. Al acercarse a las casas de las granjas, los marines de la compañía Charlie, bajo el mando del capitán Karabin, redoblan la prudencia. El objetivo «es entrar en contacto con la población y con el enemigo», explica el oficial.

«A los habitantes queremos decirles que pueden venir a vernos para señalar la presencia de extranjeros. A los enemigos, que estamos aquí y vamos a quedarnos», cuenta Karabin. De pronto el perro se excita, atraído por el olor de la pólvora, y se detiene frente a un montículo. No era una bomba sino casquillos de Dragonov, un fusil de largo alcance ruso que usan los talibanes.

Los marines rodean la casa y los soldados afganos que los acompañan registran las instalaciones y a los habitantes. Los lugareños dicen que no vieron ni oyeron nada. «Cuando los talibanes vienen, nosotros nos vamos, es más seguro», dice uno de ellos. «Disparan contra ustedes desde nuestras granjas y ustedes responden», explica.

Cerca de la granja, un centinela ve a un hombre que hace señales con una pala. El teniente Toucey alerta a sus tropas. «¡Un vigía señala nuestra presencia!», grita antes de que empiecen a crepitar los Kalashnikov. Los marines, algunos boca abajo, otros protegidos por las dunas, intentan localizar a los francotiradores, pero los afganos no esperan y comienzan a disparar. «¡Alto el fuego, alto el fuego!», grita Toucey. «Antes de disparar hay que saber contra quién y contra qué», explica.

Bajo un fuego nutrido, los marines se despliegan, instalan a toda prisa las ametralladoras de calibre pesado y piden refuerzos. Pocos minutos después, un caza F18 lanza una bomba contra la posición de los francotiradores, que provoca una ensordecedora explosión seguida de un largo silencio. Entonces, un marine señala un canal de irrigación y grita: «¡De pie! ¡De pie!». Del agua surge un hombre, que tiembla de miedo y frío, manos en alto. «Quería abrir la bomba de agua, oí disparos y me escondí», explica. «Probablemente es un vigía», explica un sargento en el momento en que recibe por radio el mensaje de que el enemigo se retira.

Civiles al margen, el balance de bajas es de 27 talibanes y dos soldados de la OTAN muertos.