Sin noticias de Guantánamo

Tatiana López

INTERNACIONAL

A pocos días de cumplirse el plazo de Obama para cerrar la prisión, una periodista de La Voz regresa dos años después al vergonzoso penal, donde poco ha cambiado

10 ene 2010 . Actualizado a las 02:08 h.

Las luces de Navidad centellean con intensidad en la base naval de Guantánamo. Es día de Reyes y la estrecha carretera que lleva hasta la cárcel más impopular del mundo está plagada de bombillas navideñas. La periodista mira por la ventanilla del coche. Han pasado dos años y medio desde de que La Voz entrara por primera vez en este rincón del mundo. Desde entonces algunas cosas han cambiado en el lugar. Pero las más importantes permanecen igual.

«Hemos realizado mejoras en las instalaciones y también hemos conseguido nuevas fuentes de información». El que habla es el general Timothy Lake, subcomandante de las fuerzas conjuntas de la base y encargado del lavado de imagen que la Administración Obama trata de dar al centro de detención.

A quince días de que se cumpla el plazo dado por Barack Obama para cerrar la prisión, la promesa anunciada por el presidente el 22 de enero del 2009 sigue sin ser una realidad en una cárcel donde tanto periodistas como encarcelados soportan un férreo sistema de control que en muchas ocasiones escapa a los límites de la razón.

Censura y vigilancia

Para los periodistas aceptados en el tour del Ejército, las restricciones pasan por estar vigilados las 24 horas (incluso para ir al servicio hay que ir acompañado de un guardia) y tener que someterse a un sesión de censura en la que un especialista determina que imágenes deben ser eliminadas y cuáles pueden ser publicadas.

Para los cerca de 198 reclusos que quedan en Guantánamo, las condiciones de vida son muchos más duras, divididos entre «aquellos que siguen las normas» y «aquellos que prefieren complicarse la vida». Desde la dirección del centro es fácil encontrar razones de por qué algunos presos permanecen encerrados más de 22 horas al día, incomunicados en celdas de cinco metros cuadrados y sin ningún tipo de luz natural. «Muchos de ellos nos insultan, nos tiran paquetes con su orina o incluso nos escupen», afirma el general Lake, para añadir que «son los propios detenidos quienes eligen su situación».

Los mejores campos

«Si se portan bien pueden vivir en los campos IV o VI, donde se les permite ver películas, hablar con sus hermanos o incluso llamar a casa si ha habido un fallecimiento. Si prefieren seguir quejándose van directos al campo V», explica.

Al menos cuatro prisiones se mantienen activas en estos momentos en la base de Guantánamo. De ellas tan solo tres (los campos cuatro, cinco y seis) están abiertos a la prensa. El llamado campo VII, donde el Gobierno oculta a los presos que considera más valiosos, no solo no puede ser visitado sino que hasta hace poco tampoco aparecía en los documentos oficiales. Esta barrera entre los periodistas y la realidad de la base se acentúa además por la explícita prohibición de que ningún medio pueda hablar ni un segundo con los detenidos. «Ni caras ni conversaciones», recuerdan constantemente los vigilantes cuando alguno de los presos pide a través de sus ventanas que le saque una foto.

Una de las reglas de oro del penal es que tampoco los guardas pueden hablar con los presos, a pesar de que han pasado por un intenso programa de entrenamiento. «Ante de venir nos preparan para lo peor, nos hacen aguantar insultos, nos tiran heces a la cara, nos amenazan e incluso nos muerden», asegura Christopher McCluen, uno de los guardas recién llegados a la prisión a quien el destino le retó con la única prueba que no tenía preparada «ver un intento de suicidio». «Fue lo más duro que he pasado aquí y me hizo ponerme en la piel de algunos de ellos», asegura con los ojos llorosos.

«¿Regresarás a Guantánamo?», pregunta Christopher. La periodista recoge sus cosas y contesta con otra pregunta: «¿Seguirá abierto?». Ocho años después la respuesta sigue siendo un misterio, aunque algunos intuyen que se retrasará al 2011.