Se cuenta que, últimamente, en el entorno de Mahmud Ahmadineyad ha cuajado la costumbre de dejar en toda celebración una silla vacía por si se presenta el imán oculto. Este es el mesías chií en cuyo retorno de entre los muertos cree firmemente el presidente iraní. Por desgracia para la oposición, parece que ellos también siguen a la espera de su imán oculto. En las manifestaciones de estos días, desde luego, está vacía la silla de Karrubi y Musavi, los líderes del movimiento de reforma, que siguen apoyando las protestas, pero no participando en ellas ni convocándolas. Vuelve a evidenciarse así la insalvable contradicción que lastra el movimiento verde de oposición en Irán: sus componentes se han puesto de acuerdo en un color, pero no en un programa.
Y es que hay que distinguir entre tres tipos de descontento. Por una parte están los reformistas de Musavi, perfectamente integrados en el sistema hasta que Ahmadineyad les arrinconó durante su primer mandato. No quieren cambiar el régimen, solo que vuelva a ser cómo era en los ahora lejanos tiempos del liberal Jatamí. En esto cuentan con el apoyo de ayatolás conservadores que ven en Ahmadineyad una especie de jacobino islámico con demasiado poder y un misticismo que a veces roza lo anticlerical. Pero Musavi se ha deshinchado tras perder las elecciones de este año y los conservadores acaban de quedarse sin su figura más respetada, el ayatolá Montazeri.
Es el tercer grupo de descontentos el que mantiene viva la llama de la protesta, si bien a un precio tan alto que es difícil que, por ahora, deje de ser una minoría. Son los estudiantes demócratas. Carecen de líderes reconocibles y de objetivos claros. Su incompresible uso de Internet ha resultado catastrófico, todo un regalo para la policía que los arresta realizando una consulta en Facebook.
Más inteligente es otra de sus tácticas: aprovechar las celebraciones públicas o religiosas, como estos días la fiesta de la Ashura, para tratar de agitar a las multitudes. De momento, su éxito está siendo limitado. Si el régimen quisiese acabar con ellos, lo haría sin dificultad. Pero esto no va en el interés de Ahmadineyad, que en las próximas semanas tiene que atender a las delicadas negociaciones sobre el programa nuclear.
El nuevo paquete de sanciones contra Teherán ya está ahí y el Gobierno tiene interés en pulsar la cuerda de la unidad. Ahora ya es solo cuestión de seguir esperando a ver cuál de los dos mesías se presenta antes, si el de Ahmadineyad o el de quienes esperan derrocarle.