Tras un largo interrogatorio, Massimo Tartaglia, el hombre que agredió el domingo a Silvio Berlusconi, confesó haber actuado «en solitario» y afirmó que «no es asesino de nadie». Ha sido trasladado al centro de observación neurológica de la cárcel de San Vittore, en Milán, donde permanece en constante observación. Los médicos que lo han visitado han señalado que parece tranquilo.
El agresor, que fue rápidamente detenido, tiene 42 años y desde hace varios se encuentra a tratamiento psiquiátrico. Este ingeniero electrónico que trabajaba con su padre en la pequeña empresa familiar declaró que siente una gran aversión por las ideas políticas de Silvio Berlusconi, y eso fue lo que lo llevó a agredirlo. Contó que había asistido al mitin, pero que abandonó el lugar antes de que terminase porque «no estaba de acuerdo con sus afirmaciones». Mientras se dirigía a la boca del metro, vio gente que protestaba. Dio la vuelta y se encontró frente al coche de Berlusconi, a quien no dudó lanzar el suvenir del Duomo (catedral) que poco antes había comprado.
A Tartaglia se le encontró un espray urticante, una punta de plexiglás de 20 centímetros, un encendedor y otra estatua como la que lanzó a Il Cavaliere. El fiscal Armando Spataro prepara para hoy la petición que convalida el arresto y en la que se le acusará de premeditación.
En Internet se ha abierto un enfrentamiento entre defensores y contrarios a Massimo Tartaglia. En Facebook han surgido numerosas páginas en su defensa, que han logrado más de 50.000 adhesiones. En alguna lo llaman «héroe moderno». Desde el Gobierno se ha pedido la censura de esas páginas, por «apología de un delito» e «instigación a la violencia». Los defensores de Il Cavaliere también se han hecho sentir con grupos de condena. Alguno logró 380.000 inscripciones. Tampoco han faltado los engaños para lograr adhesiones.