«Nicolas Bonaparte» no admite que le silben


Al presidente francés le gusta tanto la comparación, que el semanario Le Point , nada sospechoso de ir en contra de sus deseos, ha dedicado una portada a «Nicolás Bonaparte». Se basa en un libro de reciente aparición en el que su amigo, el periodista Alain Duhamel, encuentra asombrosos parecidos entre ambos. Una parte de la opinión pública ha encontrado serios motivos para inquietarse, sobre todo teniendo en cuenta los métodos expeditivos a los que recurre Sarkozy cuando algo o alguien lo contrarían.

En su propio partido han tenido que hacer esfuerzos para justificar la última, que no la primera, medida de este tipo: las destituciones consecutivas y fulminantes del prefecto y del jefe de policía de Saint-Lô (Paso de Calais), que permitieron una manifestación de profesores mientras el jefe del Estado presentaba sus propuestas para el 2009 al mundo de la educación.

«Estaba muy cabreado al oír como le silbaban los manifestantes», confesó el diputado de la UMP, su partido, Philippe Gosselin. El diario conservador Le Figaro ha reconocido como «ironías del destino» la sanción contra el jefe de policía, premiado por el periódico como modelo del 2008, con una tasa de efectividad que dobla la del resto del país.

El «capricho del príncipe», como lo define el centrista François Bayrou, tiene precedente en la destitución del coordinador de las fuerzas de seguridad en la conflictiva isla de Córcega. A finales de agosto, un grupo de manifestantes nacionalistas invadieron el chalé del actor Christian Clavier, y el presidente no tuvo piedad con el hombre que permitió que ocuparan la propiedad de su amigo.

Porque Nicolas Sarkozy valora mucho la amistad. Este mes, el Gobierno inauguró la llamada prisión modelo de Roanne, ignorando los graves problemas de seguridad detectados en la construcción. Pagará por ella alquiler durante 27 años al empresario Martin Bouygues, íntimo del presidente desde hace lustros y compañero de vacaciones.

La familia es tan importante que al presidente no le importó mojarse por las alcantarillas de su suegra, convocando una reunión de propietarios de la lujosa urbanización de Cap Negre, donde Marisa Bruni-Tedeschi tiene una mansión con problemas de saneamiento. «Un abuso de poder», según los vecinos, que se oponían a un nuevo colector prácticamente financiado por el Estado y que solo beneficiaba a la madre de Carla.

Desde que llegó al Elíseo son muchos los que hablan de «monarquía electiva» o «monarquía republicana». Él prefiere el imperio y el modelo de Napoleón.

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