El mapa del país, más doblado que nunca

Arturo Lezcano

INTERNACIONAL

Desplegado, el mapa físico de Bolivia reproduce casi a la perfección el político. Bastaría con aplicar papel vegetal sobre el plano orográfico y delinear en él los estados departamentales para constatar la división casi milimétrica del país sudamericano. Doblándolo por la línea que marca la cordillera de los Andes, de un lado (el altiplano) está el territorio dominado por el Movimiento al Socialismo de Evo Morales y del otro (la Media Luna oriental), las regiones opositoras. En el medio (los valles) queda dividido al 50% el departamento de Chuquisaca, donde está Sucre, capital judicial del país. Ni un cartógrafo lo haría mejor.

Más que nunca, Bolivia está dividida. Y aunque esto ya no parezca noticia, sí lo es cuando se trata de hablar de una Constitución, la carta que ordena la sociedad.

Es evidente que la victoria de Morales, una más desde que asumió su cargo, consolida su estrategia y garantiza la puesta en marcha de la refundación de Bolivia. Así lo faculta el voto mayoritario, pero lo que no se podrá encontrar por ningún lado será la palabra consenso, lo que deja un regusto amargo.

Como en un juego infantil, oficialismo y oposición se lanzan acusaciones recíprocas. Contra el consabido racismo histórico contra los indígenas, uno de sus representantes, el primero en el poder tras casi 200 años de historia, ha logrado que se apruebe una ley de leyes que para los líderes de la oposición es también racista. A los autonomistas de la Media Luna el vicepresidente Álvaro García Linera los llama «lideres locales» y «secesionistas», a lo que el prefecto de Santa Cruz, Rubén Costas, responde que la nueva Constitución es «divisionista».

Más allá de lo que viene a partir de ahora, a saber, la aplicación de la Justicia originaria donde la tradición así lo manda, y del laicismo de un Estado hasta ahora católico, la oposición sabe que la nueva victoria de Evo también le da vía libre a su reelección. A finales de año, cuando se presume que habrá una nueva cita electoral, se sabrá si esto sucede, pero las bases del nuevo Estado boliviano están cimentadas.

Si no avanzan en la negociación, al nuevo orden tendrá que acostumbrarse la oposición, que, además, representa en gran medida a los grandes dueños de latifundios, los que desde el domingo tienen limitada su propiedad a cinco mil hectáreas de tierra. «Se acabó el colonialismo, interno y externo», sentencia Evo. Pero a tal estadio ha llegado sin consenso, apoyado por la mayor densidad demográfica del altiplano, pero perdiendo en la mitad de las regiones, las más ricas del país, el que aparece doblado en el mapa y también en la realidad.