La reunión de los líderes europeos el jueves y el viernes en la capital belga será una de las más duras de los últimos años. Primero, porque los Veintisiete se habían dado de plazo hasta finales de este año para encontrar una salida al atasco institucional que provocó el rechazo irlandés al Tratado de Lisboa, un texto de compromiso que suplió in extremis el fallido intento de alumbrar una Constitución Europea. El tiempo se agota, la República Checa amenaza con agravar el problema e Irlanda aún no ha ofrecido una solución que no pase por celebrar otro referendo en el que el no podría volver a triunfar.
En segundo lugar, porque la crisis económica está emponzoñando las relaciones entre Francia y Alemania, los dos socios comunitarios que siempre han tirado del carro de la construcción europea. «El eje francoalemán chirría más de lo que parece», aseguran fuentes diplomáticas, que señalan las profundas diferencias que separan a los líderes de esos países: el presidente francés y responsable de turno de la Unión, Nicolas Sarkozy, y la canciller alemana, Angela Merkel.
Estrategias divergentes
Ambos pertenecen a la misma familia de centroderecha, pero sus diferencias con respecto a las estrategias a seguir para sortear la crisis económica están en las antípodas y se han agudizado en las últimas semanas.
Desde un primer momento, Merkel se mostró partidaria de que cada país se responsabilizara de asumir las medidas que considerara necesarias para luchar contra la recesión. No se oponía a coordinar las políticas económicas, pero sí a asumir obligaciones, especialmente inversoras, que obligaran a Alemania a financiar el rescate de bancos y empresas en otros países. Por eso, Alemania no ve con buenos ojos el proyecto de Bruselas de invertir 200.000 millones en la recuperación económica de la UE, y se contenta con una cantidad más modesta: 135.000 millones.
A principios de octubre, Merkel hizo fracasar la cumbre de los países europeos del G-8, cuando se opuso a acordar un plan conjunto de rescate de la banca en contra de la propuesta de Sarkozy, que acabó sacándola adelante semanas después. Ahora, la canciller pone pegas al plan de lucha contra el cambio climático que los Veintisiete habían pactado hace meses, y cuyos requisitos técnicos rechaza firmar porque, según asegura, impondrán a sus empresas condiciones demasiado gravosas en plena crisis.