Está claro que en los procesos electorales de Estados Unidos la capacidad de recaudación de fondos que tiene un candidato es directamente proporcional a las oportunidades de que sobreviva a las primarias y llegue, al final, a la Casa Blanca. Aunque no es el único factor, sí es clave.
El dinero es vital para poder estar dedicado, como en este caso, veinte meses en exclusiva a recorrer el país, pagar a cientos de trabajadores de campaña (pagar bien al equipo de campaña es básico para que esté motivado y aguante el frenético ritmo), organizar eventos, movilizar a los votantes y, sobre todo, emitir anuncios por televisión para llegar a zonas remotas o bombardear estados considerados indecisos, los que pueden inclinar la balanza a un lado u otro.
Desde el principio, el dinero no fue un problema para Barack Obama. Así, podía dedicarse a dar mítines mientras que McCain volaba de una punta a otra del país para atender personalmente cenas de gala y otros eventos para recaudar fondos.
Batería de anuncios
En el caso del político negro, las cifras récord conseguidas le han permitido abrir hasta 700 oficinas y movilizar voluntarios en estados que tradicionalmente los demócratas daban por perdidos, sin hacer apenas campaña allí. También le ha dado la posibilidad de lanzar una batería de anuncios por televisión en estados indecisos.
Solo en el mes de septiembre, la campaña del candidato demócrata ha gastado 87,5 millones de dólares y comenzó octubre con 133,6 millones de dólares en el banco. Una cifra que casi triplica los 47 millones de dólares en metálico con los que cuenta el senador por Arizona, que tan solo gastó el mes pasado 37 millones de dólares.