La mujer que marca el norte

Ó. Santamaría

INTERNACIONAL

Michelle Obama tiene una misión: mantener a su marido con los pies en la tierra. Ella, que se embarcó en la campaña desde el principio, no entra a discutir estrategias electorales ni agendas ni programas. Simplemente le recuerda de dónde vienen, quiénes son. Su prioridad número uno son sus dos hijas: Malia y Sasha, de 10 y 7 años.

A Michelle, de 44 años, nunca le ha gustado estar en primera línea, delante de los focos, llevar la voz cantante. Durante sus años en Princeton, y a pesar de su inmaculado currículo, nunca quiso competir por ningún puesto en asociaciones estudiantiles. Tampoco en la Escuela de Derecho de Harvard. Aunque siempre fue muy activa apoyando y defendiendo los derechos de las minorías, nunca fue la cabecilla.

Su papel como aspirante a primera dama no le deja ahora opción. Se acabó estar en un segundo plano. Todo el mundo la está mirando. Todo el mundo analiza cualquier gesto o mueca, cualquier comentario, cómo viste, qué come.

Un escrutinio que ha sido con ella bastante más duro y áspero que con Cindy McCain, la rubia esposa del candidato republicano, rica heredera de un imperio cervecero con un pasado de adición a los tranquilizantes. La derecha no ha dudado en presentar a Michelle como una mujer negra resentida con el mundo de los blancos, siempre a la gresca, poco patriota.

Sus críticos pusieron el grito en el cielo cuando afirmó que «por primera vez en mi vida adulta me siento realmente orgullosa de mi país», en alusión a la masiva movilización de votantes durante las primarias demócratas y su ansia de cambio.

También cargaron contra ella por decir -palabras más crudas pero no demasiado alejadas de la realidad- que temía por la seguridad de su marido, pero no ahora más que antes, pues «como hombre negro que es cualquiera puede dispararle cuando va a comprar leche a la tienda de la esquina».

Sin pelos en la lengua

Su gesto duro no le ayuda a cambiar esa percepción de enfado permanente. Su forma de hablar, directa y sin pelos en la lengua, tampoco. Por eso, y desde hace ya algunos meses, sus asesores están tratando de pulir su imagen y dar de ella una cara más cercana, contando su historia personal, destacando su papel de madraza y de esposa amantísima que alterna a la perfección con una más que brillante trayectoria profesional.

Y ella ha aprendido a moderarse, a sonreír. A poner su mejor cara. Michelle se encarga de humanizar a Obama, de contar que ronca y que deja los calcetines tirados por el dormitorio. Pero también que coge un avión desde la otra punta del país para no perderse el cumpleaños de sus hijas o una reunión con sus profesores.

Criada en un barrio del sur de Chicago en el seno de una familia humilde, fue uno de los 94 estudiantes negros que se licenciaron de la prestigiosa Princeton en 1981 (donde, por cierto, la madre de una chica blanca se quejó de que su hija compartía cuarto con la negra Michelle). Tras licenciarse en Harvard, entró en un conocido bufete de abogados de Chicago donde conoció al joven Barack Obama. Poco después, y tras la muerte de su padre, se replanteó su carrera profesional y decidió dedicarse a temas sociales.

Cuando Barack decidió lanzarse para buscar la presidencia, ella dejó su trabajo de 300.000 dólares anuales como vicepresidenta de asuntos comunitarios del Centro Médico de la Universidad de Chicago.

La pregunta es: ¿seguirá marcando el norte a Obama si llegan a la Casa Blanca?