Su política de reducir prestaciones sociales choca con la imagen que da de un amor desmedido por el lujo
04 may 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Un año en el poder ha sido suficiente para decepcionar a los franceses. Nicolas Sarkozy celebra el día 6 el primer aniversario de su elección como presidente de la República batiendo el récord de impopularidad entre todos sus predecesores.
Solo un 38% de sus compatriotas confían en su gestión tras ver cómo incumple una tras otra sus promesas estrellas de la campaña electoral. El que iba a convertirse en «el presidente del poder adquisitivo» no logra frenar la escalada de los precios y sus tímidas medidas para hacer realidad su eslogan de «trabajar más para ganar más» se estrellan contra los problemas estructurales de la economía gala.
Las encuestas revelan también que la moral de sus compatriotas está por los suelos.
Su hiperactividad y afán de poner en marcha «todas las reformas al mismo tiempo» no consiguen sembrar más que el descontento. Estudiantes y funcionarios están ya en la calle, porque una buena parte del ahorro que quiere conseguir para las arcas del Estado sale de reducir el número de profesores, ampliar los años de cotización para la jubilación y recortar las prestaciones sociales.
La falta de resultados económicos hace aparecer como una afrenta para la población su decisión de reducir los impuestos de las grandes fortunas y su desmedido amor por el lujo.
Reproches
Su Gobierno de «apertura» hacia la izquierda provoca reproches en sus propias filas, que ven a ex socialistas ocupando carteras tan golosas como Asuntos Exteriores. Tampoco acaban de entender los conservadores de la UMP muchas de sus iniciativas legislativas, que sufren retoques hasta el auténtico vaciado de contenido en el trámite parlamentario. La pérdida estrepitosa de las elecciones municipales ha provocado ya los primeros reproches.
No corren tampoco buenos tiempos en las relaciones entre el presidente y su primer ministro. La tensión con François Fillon es la lógica consecuencia del afán de Sarkozy por controlarlo todo y ocupar con demasiada frecuencia el papel que corresponde a su número dos. Su carácter no le ayuda. Los franceses han podido verlo llamando «pobre gilipollas» a un hombre que no quiso darle la mano y amenazando a los pescadores que le silbaban. Su anunciada «ruptura» no está resultando tan «tranquila».