La estrategia de Hillary Clinton es inteligente. Está basada en dejar a un lado la realidad y jugar exclusivamente con la expectación, algo a lo que los votantes ya están acostumbrados a través de la televisión: Clinton hace que los medios creen un suspense artificial en torno a los estados en los que tiene fácil ganar y cuando esta victoria se produce la presenta como un milagro. Es lo que acaba de ocurrir en Pensilvania, donde Barack Obama no tenía posibilidades.
Es como si Clinton hubiese estado leyendo a Lope de Vega. También ella «es del hortelano el perro que ni come ni deja comer ni está fuera ni está dentro». Hasta el punto de que muchos creen que hasta prefiere que el próximo presidente sea el republicano John McCain que su compañero de filas Obama.
Como Alonso y Hamilton, como Gallardón y Esperanza Aguirre, una vez más queda claro que el equipo no cuenta y que para llegar ahí arriba hay que declinar la primera persona de singular. Si Clinton consigue vapulear a Obama lo suficiente como para que McCain le gane, habrá quedado reivindicada, será menos perdedora, porque lo que hubiese pasado de presentarse ella quedará en el cómodo reino de las hipótesis.
Los superdelegados
Pero, ¿no podría ser ella todavía la candidata? Que siquiera nos lo preguntemos revela hasta qué punto lo virtual ha sustituido a lo real. Los números, simplemente, no lo permiten, ni los de los compromisarios ni los de las donaciones económicas.
Los llamados superdelegados, que decantarán el resultado en el congreso de agosto, no pueden, en principio, hacer otra cosa que elegir a Obama. Este no solo tendrá más compromisarios, sino que también ha demostrado ser mucho más capaz a la hora de recaudar fondos, algo que será esencial tras esta sangría que están siendo las primarias para los demócratas.
Si Hillary Clinton lograse darle la vuelta a esta situación, la idea misma de las primarias norteamericanas (tan exageradamente elogiadas en el extranjero) quedaría en entredicho y las recriminaciones podrían desgarrar a los demócratas.
Clinton se arriesga no ya a hacer perder a su partido, sino a hacerlo pedazos. Como Sansón, morirá matando.