Vuelve la cosecha del 2001

Arturo Lezcano

INTERNACIONAL

Volvió la banda sonora más conocida para los argentinos: la cacerolada. Y con ella los enfrentamientos, gritos, golpes y tensión. Tuvo su pistoletazo de salida en la Casa Rosada. A las 18.30, Cristina Fernández asegura que no se dejará arredrar por los productores agropecuarios en huelga, porque ese es «el piquete de la abundancia» y «casi un paso de comedia».

Hora y media después se reproduce el soniquete cosecha del 2001. Con palos, cucharas o botellas de plástico contra sartenes, ollas y hasta cubos, la cacerolada se mete en las casas del norte de Buenos Aires en solidaridad con el campo. Como entonces, el efecto dominó hace bajar a la calle a cientos de vecinos de los barrios de clase media-alta, muchos relacionados con el agro. En las elegantes avenidas retumba la consigna, de nuevo el 2001 remedado: «Que se vayan todos», y otros de corte más futbolero como: «El que no salta es un pingüino», en alusión al apodo de los Kirchner.

Diez de la noche. Traslado a plaza de Mayo. Riadas de gente acuden a la llamada de las cacerolas. La prensa habla de cinco mil personas. Suena el himno argentino a capela y se lucen carteles de apoyo a los huelguistas. Y de repente, sobreviene el ruido de los bombos, en avenida de Mayo, a cien metros. Manifestantes de perfil opuesto al de los estudiantes que copan la plaza junto a hombres y mujeres vestidos con ropa de marca avisan de sus intenciones: «La plaza es nuestra». Son piqueteros (desempleados) favorables al Gobierno de Cristina. Y a ella dedican los cánticos: «Por siempre con Cristina a la victoria» y «Patria sí, colonia no».

Ni un policía

Sorprendentemente, no hay ni un policía, y la avenida más española de Buenos Aires se convierte en un corredor preparado para el combate. En media hora se achica la distancia entre los dos grupos hasta quedar a tiro de beso, solo separados por cámaras y periodistas. En el irreproducible pimpón de insultos se soslaya el antagonismo. «Oligarcas, ahí están los que apoyaron el golpe militar», gritan los piqueteros. «Laburen [trabajen]» y «Argentina», contestan los otros.

Solo vuelan botellas de plástico y algún empujón. Hasta que aparece Luis D'Elia, jefe piquetero y ex secretario de Tierras y Vivienda con Kirchner. Toma el mando y se arroja contra la multitud rival, después de golpear a un contrario. Ya no hay oposición, a las carreras huyen del combate y los piqueteros toman el recinto. Cambia el signo y el color de la plaza que dos horas antes pedía la cabeza de Cristina. Y el sonido: ahora suena la marcha peronista. Solo de fondo quedan ya las cacerolas. Es la una de la mañana y empieza a llover. A llover sobre mojado.