Pocas veces una previsión del poderoso presidente de EE.?UU. habrá sido menos compartida que la de ayer en Ramala: «Creo que es posible un tratado de paz firmado para cuando yo deje el trabajo». Muy pocas horas antes, el jefe de la oposición israelí y antiguo (y probable nuevo) primer ministro, Benjamín Netanyahu, le dijo a ese presidente que Jerusalén estará bajo soberanía israelí por la eternidad.
Es raro que Bush, a quien las encuestas dan como el individuo más detestado en Oriente Medio, asuma un compromiso tan claro. Pero en Israel saben cómo manejar estas situaciones y ya están en lo que en fútbol se llama tiempo de descuento: Bush, a efectos prácticos, ha sido amortizado ya por los israelíes, que se interesan muchísimo más por la campaña electoral, es decir, por el sucesor, y han puesto todas sus velas en el altar de la muy prosionista Hillary Clinton.
El Gobierno Olmert, o el que lo sustituya, se dedicará a ganar tiempo y nada más. Eso explica la completa falta de emoción que provocó lo que debía haber sido un gran giro.
Nada decisivo sucederá en los próximos meses, como nada ha sucedido en el mes y medio transcurrido desde la conferencia de Annápolis. En este horizonte se puede hacer otro pronóstico: la falta de progresos empujará otra vez a Al Fatah a un acuerdo con los islamistas de Hamás, que no se rendirán por hambre en Gaza. Y vuelta atrás mientras llega el nuevo/nueva inquilino/inquilina de la Casa Blanca.