Los modales democráticos y la prácticas soviéticas caracterizan la Rusia de Putin. El líder del Kremlin tiene bien atado el primer eslabón a su deseo de seguir en el poder
01 dic 2007 . Actualizado a las 02:00 h.Vladimir Putin tiene dos despachos idénticos, uno en el Kremlin y el otro en su mansión del mar Negro. Esto le permite hablar en directo en televisión fingiendo estar en Moscú mientras en realidad está de vacaciones. Esa es la Rusia de Putin: virtual, de mentira, un país dirigido, después de todo, por un antiguo espía del KGB. Triste ironía, sin duda, esta de un país que agonizó tantos años bajo un régimen policíaco y que ha acabado eligiendo a un policía para que lo presida, pero así es.
Volverá a elegirle mañana. Al contrario que en las democracias rotundas, en Rusia el elector es previsible. Son los políticos quienes nunca se sabe por dónde van a salir. El propio Putin, profesional del enigma, sigue siendo un misterio. Su segundo mandato está llegando a su fin y no puede ser elegido una tercera vez. Pero muchos creen que estas elecciones están pensadas en gran parte como un referendo que, de salirle bien, le legitimaría para buscar una solución a este incómodo límite que le marca la ley
No le va a ser difícil. Todo está bien atado. Putin no solo controla las cadenas de televisión, tanto las públicas como las privadas, a las que ha domado con presiones y encarcelamientos de sus dueños. Los periodistas críticos a veces han terminado peor, como en el caso de Anna Politkóvskaya. Por si no bastase, Putin ha impuesto nuevas normas electorales que, como es fácil suponer, no están pensadas para perjudicarle a él. El mínimo necesario para acceder al Parlamento ha pasado del 5% al 7%, lo que hará casi imposible que logre representación otro partido que no sea su Rusia Unida.
«Caciquismo gallego» a la rusa
A mucha distancia, los comunistas podrían obtener un puñado de escaños en medio de una intimidante mayoría de un par de cientos de diputados pro Putin. Si entra otra fuerza más será el Partido Democrático Liberal de Rusia (PDLR), cuyo nombre es todo un chiste, puesto que se trata de la formación de extrema derecha que dirige el lunático Vladimir Yirinovski (para hacerse una idea, baste decir que su número dos, Andréi Lugovói, es el principal sospechoso del envenenamiento del agente Litvinenko en Londres).
Putin también ha vetado la presentación de candidatos independientes, ha prohibido formar coaliciones para llegar a ese 7% exigido y ha puesto más difícil y más caro registrar nuevos partidos. Un candidato ni siquiera puede presentarse por una formación en la que no milita Norma que, curiosamente, no se aplica al propio Putin, quien nunca ha pagado las cuotas de Rusia Unida (y no será por falta de posibles). Por último, Putin cuenta con los gobernadores regionales, desde hace poco nombrados directamente por él. Están encargados de controlar la votación y saben que serán «valorados» en función de los resultados que se obtengan en sus respectivos distritos Se diría que Putin ha reinventado el caciquismo gallego de la Restauración.
Modales democráticos, prácticas soviéticas
Pero es tan injusto como ingenuo achacarlo todo a esta escandalosa manipulación del voto, la cual no sería posible si no existiese una masa de electores dispuestos a tolerarla y a elegir a Putin. Para entender esto es preciso situarlo en su contexto: Para los rusos, Putin es el hombre que puso fin al anarcocapitalismo de los tiempos de Yeltsin, cuando los jerarcas de la mafia soviética y postsoviética campaban a sus anchas en una jungla neoliberal que hizo añorar a muchos la seguridad feroz de la URSS. Putin, a menudo por medios ilegales, logró renacionalizar sectores cruciales de la economía que Boris Yeltsin había librado al saqueo, y consiguió además devolver su orgullo (a veces su soberbia) a una Rusia que había dejado de contar en el mundo. La decisión de retomar el antiguo himno soviético con otra letra (Yeltsin había adoptado por el de los zares) fue un símbolo de esta extraña mezcla de modales democráticos y prácticas soviéticas que caracteriza la era Putin. Y ha tenido suerte: los altos precios del petróleo le ha permitido ganar la apuesta.
En la famosa ópera de Mussorgsky Boris Godunov un mendigo loco que simboliza al pueblo ruso pide un kopek a cambio de cantar la salve al zar. Cuando Putin llegó al poder, el PIB ruso era de 200 millones de dólares, hoy es de 3.600 millones. Esos 3.600 millones son, tristemente, el kopek del pueblo ruso.
Lo único que cabe esperar es que esto no termine como Boris Godunov, con el mendigo cantando su triste aria plach, plach, ruskii lyud («llora, llora, pueblo ruso»)