El primer ministro Gordon Brown dijo que la salida de la guarnición británica del centro de Basora no es una derrota y que es una operación prevista y organizada, e hizo decir al Ministerio de Defensa que se ha hecho por iniciativa de la parte iraquí, y que está asumida por la coalición como parte del proceso previsto.
Nada de esto es formalmente una mentira, pero no disipa la impresión de fracaso o esfuerzo inútil que ayer recogían los medios británicos.
La imagen del soldado arriando la bandera británica en el patio de las antiguas instalaciones palaciegas del presidente Sadam Huseín, aunque obligada y rutinaria, no ayuda a reforzar la tesis del Gobierno.
Lo cierto es que 168 soldados británicos han muerto en Irak, la opinión ha terminado por ser hostil a la guerra y hasta los conservadores, que la respaldaron, la cuestionan ahora, aunque con un punto de oportunismo de tono preelectoral: proponen una investigación parlamentaria para averiguar por qué Blair, mentirosillo y manipulador, fue a la insensata e ilegal aventura.
Es verdad que en Washington contaban con esa retirada. Incluso parecían preparados para una acción más desinhibida de Brown y se supone que en su reunión con Bush en julio se moduló la salida. Pero ciertas voces militares, como la del influyente general Keane, no han ocultado su decepción.