Irán echa a patadas a los afganos

David Beriain ENVIADO ESPECIAL | HERAT

INTERNACIONAL

VERA COSMO

Los deportados

09 may 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

A Maluk Gulam la vida se le congeló hace diez días, cuando la policía iraní llamó a la puerta de su casa en Teherán. «¡Es hora de volver a tu país, afgano de mierda!», le gritaron. Asustado, pidió un momento para recoger el dinero que había ganado trabajando tres meses en lo que los iraníes ya no quieren trabajar. Pero los agentes del Ministerio de Asuntos Internos no tenían ganas de esperar y lo sacaron a golpes de su casa, hacia el rellano de un segundo piso. Junto a él había otros tres afganos asustados y sin papeles, como él. Los agentes se acercaron a ellos y los empujaron al vacío. «Dos murieron», dice Maluk desde su cama en el hospital de Herat. Llegar desde Teherán hasta esta sórdida habitación de 15 metros cuadrados que comparte con otros siete pacientes le costó lo suyo. Tras su «accidente» lo subieron a un autobús camino de la frontera. Durante dos días agonizó de dolor en un asiento duro. Cuando creía que podría volver a Afganistán lo internaron en un campo de detención otro día más. «Los iraníes solían ser buenos», dice desde su cama. Un clavo de acero que la atraviesa la pierna es lo único que sujeta sus huesos rotos. Tiene 20 años. El de Maluk es un caso entre miles. Irán se ha decidido a expulsar del país a buena parte del 1,9 millones de afganos que viven en su suelo. En teoría sólo a los que no tienen papeles, pero en la práctica la policía iraní ha convertido la nueva ley en una caza al afgano. En las tres últimas semanas Irán ya ha deportado a 44.000 afganos ante la complicidad de una población iraní que los mira con recelo desde los tiempos de Gengis Khan y que ahora ve en ellos una amenaza para sus puestos de trabajo. Es la nueva forma que ha encontrado el régimen de los ayatolás para desestabilizar a su vecino y, por extensión, enfangar aún más a Estados Unidos en Afganistán. Los deportados, ajenos a las jugadas del gran tablero estratégico, siguen cruzando con tristeza el paso fronterizo de Islam Qala. No es la primera vez. Huyeron de la guerra. Regresaron al calor de la esperanza por la caída de los talibanes. Volvieron a largarse cuando vieron que la situación no mejoraba. Y ahora los echan. Traen historias de maltrato por parte de la policía iraní. Detenciones en campos de confinamiento en los que dan de comer un pan y un tomate para todo el día. «Tienen derecho a echar a los que no tienen papeles, pero no tratarnos así», dice Abdul Manam, un joven de 20 años que, después de dos años de duro trabajo, ha perdido los 1.200 dólares que había ahorrado, su ropa y, lo que más le duele, su televisor nuevo.